El apartamento
Hace
diecisiete años yo era un escritor clandestino. Además de mis padres, casi nadie sabía que muchas de las pocas horas libres que tenía las dedicaba a
inventar historias. Ni siquiera mis amigos más cercanos estaban al tanto. Me daba
vergüenza, o miedo, mostrar a los demás un costado tan vulnerable. Pero quizá
me salvó de ser un escritor invisible el convencimiento de que, contra lo que
muchos autores primerizos afirman, yo no escribía para mí mismo, sino con la
secreta esperanza de ser leído alguna vez por alguien que no me conociera.
En
eso estaba hace tantos años cuando dos buenos amigos, José Manuel y Patricio,
alquilaron un apartamento cerca de la Giralda para montar un negocio turístico.
Una noche cargamos en una furgoneta unos muebles y los llevamos a su oficina.
Además de un despacho, el apartamento tenía una habitación y una cocina que
Patricio iba a ocupar como vivienda. No sé muy bien por qué, pero aquella noche,
entre muchas risas, les prometí escribir un cuento en el que los dos serían los
protagonistas. Como ninguno de mis dos amigos arrugó la cara, supongo que no
les extrañaba que escribiera. Después de todo, no era ningún delito, sino una
afición inocente.
Y
escribí aquel cuento en un par de ratos esa misma semana. El apartamento, se llamaba. La historia de dos amigos que habían
montado una oficina. El personaje de Patricio era un conquistador que utilizaba
el apartamento para sus citas galantes; el de José Manuel intentaba escribir
una novela a marchas forzadas antes de su boda. Una novela que firmaba con el
pseudónimo Andrés Pérez Domínguez… Me preocupaba que mis amigos lo leyeran y no
les gustara o se molestasen por haberlos utilizado como personajes. El sábado
por la tarde fui con Patricio al apartamento para llevar más muebles y lo leyó
mientras esperábamos a José Manuel. Se reía mientras lo leía, sacudía la
cabeza, satisfecho. Luego lo leyó José Manuel. Te deberías dedicar a esto
profesionalmente, me dijo, muy serio, cuando lo acabó. A menudo pienso en
aquella tarde de febrero de 1996. Fue la primera vez que dejé que mis amigos
leyeran algo que yo había escrito. No he parado de inventarme historias desde
entonces. A José Manuel le dediqué uno de los cuentos de la colección que
publiqué en 2009, El centro de la Tierra.
A Patricio le dediqué El violinista de
Mauthausen y es de las pocas personas que leen mis libros antes de que se publiquen.
Han pasado diecisiete años desde El
apartamento y los tres seguimos siendo buenos amigos. Ayer pasamos el día juntos y más de una vez me
afectaba la feliz sensación de que nada había cambiado.
©
Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2013

Comentarios
me emociono recordando aquellos tiempos tan buenos, y especialmente, Andrés, aquella tarde de invierno leyendo tu relato -inspirado en una historia que nos llevaremos a la tumba, jeje- descubriendo una faceta nueva de ese amigo con el que compartíamos una enchilada explosiva y posterior té americano seguido de buenos paseos por las calles más recónditas del centro de Sevilla comentando películas, anécdotas de la historia o libros.
Fue entonces cuando me di cuenta de que ese que tenía por amigo era un auténtico portento y decidí apoyarle y asegurarme de que no desfalleciera, que no se rindiera siendo consciente de su potencial literario, pero no mucho después noté que él tenía ya los genes predispuestos para intentar dedicar su vida a la literatura: luchó como nadie -"escribía" de memoria mientras trabajaba, para luego plasmar lo inventado en un papel en el descanso para comer, y volver al trabajo vendiendo y montando puertas- su cerebro se convirtió en una máquina de inventar historias a cuál más sensible y con mejor técnica, y yo esperaba su nueva obra como un niño que espera su comida favorita, lo engullía con deleite, repitiendo los capítulos porque cada mínimo detalle era de vital importancia comentarlo luego con él. Ahora la conversación que acompañaba a nuestros paseos por el Barrio Sta. Cruz a las dos de la mañana ajenos al peligro que ello conllevaba, era sobre el personaje de su último relato como si de un nuevo amigo nuestro se tratara, era un auténtico éxtasis… Yo a menudo los comparaba con personajes de famosas obras del momento (Macarena Bruner y Lorenzo Quart) y él no se lo llegó a creer, riéndose como si un chiste fuera, me alegro que ahora sean tantos los que piensan que no estaba equivocado… (¿o acaso Mercedes Corrientes no encajaría perfectamente en alguna de aquellas obras?)
El mismo autor de Las uvas de la suerte, Viejos, Dibujos animados o La Sirena del Rhin (que casi nadie conoce), sigue viniendo a mi casa con la misma intención que hace veintitantos años, sigue saludando a mi madre, o a mi mujer y mis hijos ahora, con idéntica ternura, y luego seguimos hablando de nuestras cosas, cada vez menos de literatura porque entiendo que ahora ya bastante habla por toda España y con gente de su nivel, y yo me quedé en aquel nivel de principiante y no creo estar a la altura de hablar con él sobre libros. Ahora solo somos simplemente dos viejos amigos que disfrutamos de la compañía y una buena charla, hemos cambiado el barrio de Santa Cruz por la playa de Sanlúcar de Barrameda, pero el placer es el mismo.
Faltaba José Manuel, el Athos del trío, otra de esas personas inteligentes con grácil verbo que hablan solamente de las cosas que conoce con profundidad, donde se nota que hay detrás horas de meditación, es de esos que hacen que escucharlo sea un deleite, y la conversación se fundió en casi metafísica, nos entendemos tanto tras más de veinte años que sobran la mayoría de las palabras. Hay que repetirlo, el cuerpo me pide más de esto!
Que sirvan las lágrimas que derramo de emoción para expresaros mi agradecimiento por tener dos grandes amigos tan distintos entre nosotros como personajes de una película de Tarantino, pero lo más importante, Amigos con mayúsculas!
Pero sé dónde está el puerto. Llevo buenas cartas de navegación y la Polar no se oculta
Amparo.
Ya sabes, Juan. Sólo tienes que acercarte por el sur, que también es tu tierra, y nos batiremos en duelo los cuatro con quien haga falta...
Gracias, Meg.
Fíjate, Amparo, cuánto tiempo ha pasado. Tú también has leído varios de mis libros antes de publicarse. Un beso muy grande para ti.
Gracias, Alicia.
Gracias, Rosa Mary. Pues sí, ya conoces al famoso Patricio. Es el que está en el medio de la foto.
Abrazos para todos,