Espías en Andalucía
Aunque la temperatura roce los cuarenta grados al salir de Sevilla, para alegrarse basta abrir la ventanilla del coche al llegar a Sanlúcar y recibir la brisa que llega desde el Atlántico, justo donde desemboca el Guadalquivir.
A Juan José Téllez, con quien voy a compartir la charla sobre
los espías, lo conocí hace nueve años, cuando publiqué La clave Pinner, y de alguna manera nos hemos ido reencontrando en
cada libro. Ahora dirige el Centro Andaluz de las Letras. Lo veo muy de tarde
en tarde, pero cada vez que coincidimos —últimamente en un vagón de tren casi siempre—
es un rato bien aprovechado porque, como perro viejo del periodismo, no es sino
una fuente inagotable de anécdotas y de sabiduría. Antes de conocerlo ya me
habían contado tantas cosas sobre él que se me antojaba un personaje de leyenda.
Nueve años más tarde me lo sigue pareciendo todavía más.
Nos encontramos en la entrada de la fundación, cuando apenas
falta media hora para que comience el acto. Ninguno trae notas o una de esas
tabletas que han puesto de moda los tertulianos de la tele para consultar datos
sobre la marcha. Ni siquiera hemos pensando de lo que vamos a hablar, pero lo
primero que hacemos es retratarnos delante de un espléndido Rolls que, aunque
está esperando a una pareja de recién casados que se está fotografiando en
los jardines del palacio, se nos antoja que alguien lo ha colocado ahí para ambientar
la charla sobre el espionaje, que los dos estamos de acuerdo en centrar en la
Segunda Guerra Mundial y alrededores.
Luego hablamos de muchas cosas, sin papeles y sin el recurso facilón de consultar en google, y el público se lo pasó bien. Se trataba de eso. Hablamos del almirante Canaris, Desmond Bristow, Juan Pujol, Mata Hari, Eddie Chapman o Kim Philby… Sin haber preparado la charla los nombres de tantos agentes secretos fluían con naturalidad porque a los dos nos gusta mucho ese mundo clandestino y fascinante de los espías que muchas veces no fueron más que sinvergüenzas admirables a los que les hubiera dado igual trabajar para un bando u otro. Téllez contó dos o tres anécdotas que sólo por escucharlas merece la pena haber ido a Sanlúcar de Barrameda.
Luego hablamos de muchas cosas, sin papeles y sin el recurso facilón de consultar en google, y el público se lo pasó bien. Se trataba de eso. Hablamos del almirante Canaris, Desmond Bristow, Juan Pujol, Mata Hari, Eddie Chapman o Kim Philby… Sin haber preparado la charla los nombres de tantos agentes secretos fluían con naturalidad porque a los dos nos gusta mucho ese mundo clandestino y fascinante de los espías que muchas veces no fueron más que sinvergüenzas admirables a los que les hubiera dado igual trabajar para un bando u otro. Téllez contó dos o tres anécdotas que sólo por escucharlas merece la pena haber ido a Sanlúcar de Barrameda.
Me gustó conocer a otro de los maestros del periodismo que también
se había acercado a la fundación: Óscar Lobato. Su tarjeta está junto al teclado,
mientras escribo. Tenía muchas ganas de conocerte, le dije, cuando me la dio al
despedirnos. Y era verdad. Yo sí que tenía ganas de conocerte a ti, me dijo
Óscar, con esa generosidad que sólo gastan los tipos grandes. Y me parece que también
lo dijo de verdad.
©
Andrés Pérez Domínguez, junio de 2013


Comentarios