Julio Camba y el señor de Guadalajara
Cada
vez que empiezas a escribir una nueva novela es volver a empezar.
Consuela saber que no sólo te ocurre a ti, sino a otros escritores
que te llevan la delantera en tantas cosas, sobre todo en
experiencia. Antonio Muñoz Molina afirmaba el otro día en una
entrevista publicada muy poco después de conocerse que lo habían
premiado con el Príncipe de Asturias, que un libro sólo se puede
escribir desde la posición del principiante, porque lo que se aprende
para un libro no sirve para el siguiente. Mucho antes de liarme la
manta a la cabeza y dedicarme a escribir ya buscaba con curiosidad
cualquier comentario de los creadores sobre su rutina, algo que me
diera una pista o me iluminase sobre cómo afrontar el trabajo
diario. Y tranquilizaba un poco escuchar al propio Spielberg contar
que hacer cine es un oficio muy frustrante, porque las películas
rara vez salían como uno las había planeado; o a Pedro Almodóvar
confesar que, cada vez que empezaba una película, era como si nunca
antes hubiera hecho ninguna.
La
experiencia, pues, no parece servir para mucho más que saber que, al
final, si trabajas, sale algo, puede que lo que no esperabas, y no
necesariamente mejor o peor, sino simplemente diferente. Como la
vida, vaya. Y ahora que ando escribiendo los primeros capítulos de
una nueva novela en los que el esfuerzo diario es bastante parecido a
abrirte camino a machetazos en la jungla,
vuelvo a acordarme, y a consolarme, con que siempre es como empezar
de nuevo. Y te das cuenta de que los libros anteriores lo único que
te han enseñado es que al final se llega a alguna parte siempre que
no bajes los brazos.
Me
acuerdo también, en estas primeras semanas de trabajo en las que
apenas existe un embrión de lo que aspira a convertirse en un libro
de cuatrocientas o quinientas páginas, de una anécdota que le
escuché contar a Antonio Muñoz Molina en una conferencia a
la que asistí, hace muchos años. Explicaba el escritor andaluz, con
cierta guasa, que el gran Julio Camba era un escritor feliz al que le gustaba trabajar en los cafés de Madrid durante las primeras décadas
del siglo XX hasta que alguien le envió una carta para contarle
cuánto le gustaban sus artículos. Y aquella carta, en lugar de
alegrarlo o engordar su ego, lo enfadó bastante, porque, al parecer,
durante un tiempo, antes de empezar un artículo, se
preguntaba ofuscado: ¿le gustará lo que voy a escribir a ese señor
de Guadalajara?
Seguro
que la anécdota puede resultar graciosa, y de hecho lo es, pero
esconde una verdad inquietante que le sucede a uno cuando ha tenido
la ocasión de hablar con sus lectores y escuchar las opiniones sobre
sus libros. Es inevitable no pensar, aunque sea por un momento, en
algún tirón de orejas que te ha dado un lector porque hay cosas de
tus libros que no le gustan o también porque hay otras que le gustan
muchísimo. Pero por fortuna es un ruido que desaparece apenas has escrito unas cuantas líneas, y enseguida estás solo con
tus personajes, convencido de que al final, aunque no sea malo
escuchar las opiniones de los demás de vez en cuando, es la tuya la
única que cuenta delante de la página en blanco. Que al cabo eres
tú, y es estupendo que sea así, el que tiene la última palabra.
Junio de 2013


Comentarios
Aueravicenta, se ha borrado tu comentario, no sé si te has dado cuenta...
Abrazos,