Un hilo del que tirar


Cada vez que empiezo a escribir una nueva novela me acuerdo de una frase que le leí al gran Isaac Asimov hace muchos años. Veinticuatro años, para ser exacto, según reza la fecha en que compré el libro donde el autor de una de mis series de novelas favoritas, Fundación, explica lo que significa ser un escritor prolífico: “Una vez que la sensación de estar escribiendo bazofia desaparece de la boca del estómago, se desvanece la mayor parte del desagrado asociado con la tarea de escribir”.
Llevo alrededor de cien páginas escritas de mi nueva novela y, como siempre, no me queda otra que dar la razón al maestro Asimov mientras saco de la estantería su libro. Durante buena parte del proceso de escritura, sobre todo en las primeras semanas, uno no puede evitar la sensación incómoda, quizá no de estar escribiendo bazofia ―aunque eso tampoco significa no estar escribiendo bazofia―, sí de pensar que lo que tantas horas y tanto trabajo te está costando sacar adelante al final pueda no interesar a nadie. Y es la experiencia y la confianza en ti mismo, como apunta Asimov, lo que te empuja a seguir. No resulta sencillo escribir. Al menos a mí me cuesta mucho esfuerzo. Cada día te pones delante de un papel en blanco y durante un instante piensas que no vas a ser capaz. Pero al final siempre sale algo, claro. Y raro es el día que la propia escritura no te lleva por algún callejón imprevisto y descubres un hilo desconocido del que tirar, un estímulo que te hace sonreír cuando te acuerdas que apenas un rato antes habías pensado que sería imposible. La experiencia te dice que por muchas vueltas que le des a una historia antes de empezar a escribirla llega un momento en que tienes que dar el primer paso, escribir la primera frase, y luego otra, y otra, y otra más, y así cada día durante meses. Y hasta que no comienzas ese viaje no sabes realmente adónde te llevará ni quienes te acompañarán. Sí, hay cosas que sólo se saben cuando empiezas a escribir. A mí me pasa. Hace trece años, hasta que no llevaba varios meses trabajando en La clave Pinner, no surgió el que para mí es el mejor personaje de la novela, el aristócrata decadente Artemio Corona; llevaba mucho tiempo peleándome con el borrador de El síndrome de Mowgli hasta que comprendí que el protagonista debía ser un ex boxeador; en la primera versión que empecé a escribir de El factor Einstein el personaje de Frida Klein era un hombre, pero no tardé en darme cuenta de que tenía que ser una mujer, y creo que ningún lector de esta novela sería capaz de ver hoy a la protagonista como un hombre; la presencia del famoso campo de exterminio en El violinista de Mauthausen no apareció, y fue por casualidad, hasta que llevaba unas doscientas páginas escritas; y Gregorio León y los nazis escondidos en España de El silencio de tu nombre no se presentaron hasta bien avanzada la novela, cuyos primeros capítulos transcurrían en otra época y en otro lugar.

Más que contárselo a los lectores del blog me lo cuento a mí mismo, y sonrío al hacerlo, porque estos días he encontrado un hilo inesperado del que tirar en la trama de mi nueva novela. No habría podido dar con él si no llevara ya casi un centenar de páginas escritas y no hubiera encontrado algunas aristas del protagonista en las que no había reparado hasta ahora. Estas cosas forman parte de la magia del oficio. Aún quedan muchos meses de trabajo por delante, y además ahora he de hacer bastantes cambios en las páginas que llevo escritas y no sé cuántas podré aprovechar, pero uno tiene ya el colmillo lo bastante retorcido para saber cuándo ha encontrado el hilo que no va a soltar. Y, como dice Dev Patel en El exótico hotel Marigold, al final todo sale bien, y si no sale bien, es que aún no ha llegado el final.

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2013


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