Horario europeo
Anoche me dormí a deshoras porque
me quedé en la terraza mirando un cielo limpio de nubes y apareció una estrella
fugaz. Aunque no sean más que meteoritos, esas luces que cruzan a veces el
cielo y que cuando más impresionan es a la luz del día siempre me parecen una
oportunidad para pedir un deseo o, como mínimo, el motivo para apuntar una
sonrisa. Pero acostarme tarde por la observación astronómica me descoloca un
poco hoy, y después de ver una película quiero salir a andar por el campo —lo
siento, la palabra senderismo siempre me ha parecido una cursilería— pero me
doy cuenta con pena de que el sol se esconderá pronto en el horizonte y apenas
podré caminar un rato. Escribo esta entrada cuando pasan quince minutos de las
ocho de la tarde y ya es casi de noche.
Me acuerdo de las veces que he
escuchado hablar en los medios de comunicación estos días sobre el cambio de
hora. Según nos corresponde por el meridiano ahora debería ser una hora menos,
y para que nuestros ritmos fueran parejos a los del sol, dicen los entendidos,
lo ideal serían dos horas menos que en verano. Quizá parezca por lo anterior
que prefiero el horario actual, pero no, yo soy de los que piensan que es más natural
que amanezca y anochezca más temprano, sobre todo si, llegados esta época del
año, a las ocho de la mañana todavía está oscuro. Considero que levantándose
uno antes, almorzando antes y cenando temprano se aprovecha más el día, pero seguro
que enseguida habrá quien me llame aburrido o aguafiestas. O las dos cosas. Y
aunque me gustaría que esa iniciativa saliera adelante, tengo la impresión de
que no podrá ser porque se esgrimirán argumentos costumbristas o económicos que
tengan que ver con el sol y el turismo, y eso que el otro día vi a un grupo de
japoneses en Sevilla desesperados buscando un restaurante abierto para cenar a
las siete y media de la tarde. Difícil ponernos de acuerdo
en esto, me temo. La mayoría de las personas con
las que hablo del asunto dicen que prefieren que las tardes sean muy largas,
con mucho sol, y creo que seguiremos igual. No sé si será bueno o malo, aunque desde
luego yo prefiero el horario europeo. Que a las diez de la noche aún sea de día
a principios del verano nunca me ha parecido natural. Qué le vamos a hacer, si
siempre fui un bicho raro…
© Andrés Pérez Domínguez, octubre
de 2013
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