Tanta buena gente


Me divierte que a tantos lectores sorprenda mi gusto por el karate. Alguna vez, si la ocasión lo merece, cuelgo una foto en Facebook dedicando una novela a un compañero de tatami, o junto al Maestro si viene a visitarme a la feria del Libro, y al personal le sorprende. El caso es que no suelo hablar mucho del karate en esta bitácora ni en las redes sociales, seguro porque lo practico desde hace tantos años ―la afición por el karate me ha durado más que cualquier novia, trabajo, negocio o incluso la mayoría de mis amigos― y es algo demasiado íntimo. Es verdad que, como decía un amigo el otro día, planchar el karategui (la ropa se llama así, no kimono), doblarlo y guardarlo en la bolsa antes de ir a entrenar tiene algo de litúrgico y, con la distancia y las diferencias oportunas, por supuesto, quizá se asemeje a la emoción de vestirse de nazareno, pero no puedo estar seguro porque quien firma esta entrada en el blog jamás ha desfilado en procesión con un capirote y un cirio en la mano.
Ayer era un momento especial en Hon Ken. Alguien venía de muy lejos para entregarle al Maestro un título que cualquiera que haya entrenado un momento con él sabe que, como poco, le queda pequeño o no lo necesita, pero antes de que empezara la clase te alegraba ver llegar a gente a la que hace tiempo le perdiste el rastro. Hubo muchos aplausos al final, y unas cuantas fotos. Yo había llevado mi cámara, por si acaso. Y me quedo con dos imágenes: una, en la que estoy con las dos personas que me han enseñado lo poco que he sido capaz de aprender sobre este arte (a menudo me digo que debería haber sido un alumno más aplicado), desde que era un crío hasta ahora, que me clarea la coronilla pero sigo yendo a entrenar con la misma ilusión de entonces; otra, en la que estamos casi todos los compañeros posando en el tatami. Quienes me conocen saben de mi escasa afición a pertenecer a grupos, de mi manía ―buena o mala, nunca lo sabré― de hacer las cosas como a mí me da la gana y sin seguir el rumbo que otros quieran marcarme. Por eso quizá tenga más valor sentirme tan a gusto entre un montón de buena gente, saberme parte de algo mucho más grande que yo y el convencimiento de que no podría estar mejor si fuera a mi aire.


© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2013



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