La trama


Una de las cosas que más me preocupan cuando estoy escribiendo una novela es la solidez de la trama. Me inquieta pensar que haya lectores que frunzan el ceño y cierren un libro mío de pronto porque algo les resulta poco coherente o demasiado rebuscado o forzado, como a mí me pasa muchas veces, demasiadas veces, cuando leo una novela. En realidad, los personajes se me aparecen de una forma natural cuando estoy diseñando la historia, la documentación es un proceso no muy complicado aunque a veces pesado, y aunque quieras parecerte a otros escritores que te gustan, el estilo es algo tan personal que al cabo de sólo unas pocas páginas uno no puede sino escribir como sabe o como le sale. Pero la trama rara vez se muestra por arte de magia, al menos a mí no me pasa, y sólo después de estrujarme mucho la cabeza y trabajar en ella durante meses acabo consiguiendo que todas las piezas encajen como un armazón sólido que sostenga lo que de verdad quiero contar aunque no lo muestre abiertamente.
Lo curioso ―y por muchos años que hayan pasado desde la primera vez que comprendí esto, al darme cuenta otra vez siempre me parece un descubrimiento― es que a menudo la salida del laberinto sólo se puede ver si no estás pensando en ella, o si te asomas al laberinto desde fuera. Quiero decir que menos angustioso que sentarte en un sillón de tu despacho a pensar la solución de una parte complicada de la trama resulta una larga caminata por el campo, aunque el cielo de plomo amenace chaparrón, para que al cabo de un rato te sobren los auriculares que llevas o no te enteres siquiera de lo que dicen en la radio y vuelvas un par de horas después con tres o cuatro ideas que te resolverán las próximas semanas de trabajo.



© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2014

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