Lo que no suma, resta
No soy de
los que se hacen propósitos para el año que empieza. Además, enero me parece un
mes áspero, antipático, y tenía tantas ganas de volver a mi rutina que no he
esperado a mañana y esta misma tarde he abierto la carpeta donde guardaba el
manuscrito de mi nueva novela. Me gustan las Navidades pero ya estaba un poco
cansado de fiestas. No tengo propósitos para este 2014 que estrenamos salvo
poder quedarme al menos como estoy. Será que me voy haciendo mayor y cada vez
soy más consciente de que la vida es mejor cuanto más sencilla y que el mundo
de cada uno se reduce a unas cuantas cosas que casi siempre están al
alance de la mano. Un viejo amigo con el que perdí el contacto hace mucho
siempre me decía, con ademanes paternales que nunca le pedí y tampoco me gustaban,
que, tuviera lo que tuviera o consiguiera lo que consiguiera, nunca me
conformara. Pero la gente que vive como si estuviera en una competición permanente
me acaba cansando enseguida, por su manera de estar en el mundo y porque acostumbra
a mirarte por encima del hombro si no te gusta estar en una carrera interminable.
No sé si me he vuelto más sabio con el tiempo, pero sin duda algo más viejo, y una de las pocas certezas que tengo cuando me
aproximo a la mitad de la cuarentena es que siempre encuentro algo que me
sorprende, y cada vez me parecen más ridículas las afirmaciones de quienes
creen saberlo todo o presumen de que nadie podrá engañarlos. También tengo
claro que la vida resulta más agradable cuanto más sencilla, y cuando deseas
algo resulta conveniente pararte a pensar si además lo necesitas. Cuanto antes
seas capaz de darte cuenta de la diferencia, mucho mejor. No sería mala idea
aplicar a la vida aquella máxima que decía Hitchcock sobre los guiones, donde
lo que no suma, resta.
Que 2014
os sea leve.
© Andrés Pérez Domínguez, enero
de 2014

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