El médico alemán
Casi siempre que termino una novela, mi agente
o el editor que corresponda me sugieren que cargue un poco más las tintas en la
acción o la intriga. Incluso algún colega me dijo una vez, hace años, que el problema
de una novela mía es que “era demasiado buena”. Se refería a que tenía voluntad
literaria, algo que, al parecer, ni la gran masa de lectores, ni él, por
supuesto, apreciaban. Venderías el triple si hubiera más tiros, más
persecuciones y más sexo, añadió. No me lo invento. Palabra. Y tampoco le doy
importancia. A veces resulta raro, y divertido, que a uno lo consideren un
autor de novelas de intriga cuando lo que más le preocupa es explorar lo que
les pasa a los personajes por dentro, pero ésa es otra historia. Mis lectores saben -espero- que la intriga, si la hay, es una excusa para que la historia avance mientras me entretengo en explorar otros asuntos.
La cuestión es que
como escritor, como lector y como espectador prefiero las historias interesantes, con intriga y
algo de acción, si es posible o si la trama lo permite (y no me preocupa demasiado), pero sobre todo que
escondan una carga de profundidad indetectable a primera vista;
que me obliguen a seguir pensando en el argumento o en su significado una vez que
haya cerrado las páginas de libro o aparezcan los créditos al final de la película .
Por eso
me ha gustado mucho El médico alemán, de Lucía Puenzo, que parece que
tenía el misterioso título de Wakolda originariamente. La rescaté el otro día
de Canal + al recordar, de pronto, alguna secuencia que vi en la tele cuando la
estrenaron. Esta manía mía de grabar películas indiscriminadamente para luego
buscar si alguna merece la pena de vez en cuando me trae un regalo inesperado.
Puede que que le falte algo, pero qué más
da. A mí me ha gustado mucho esta historia intimista y a ratos terrorífica, salpicada de sugerencias, sobre las andanzas de Mengele en la Patagonia
en los primeros años sesenta. Fantástico Alex Brendemühl como el médico de
Auschwitz. Después de ver la película no se me ocurre otro actor mejor para ese
papel. Consigue que el monstruo parezca un ser humano. Qué lástima
que la sugerencia y la ausencia de efectismos baratos coticen a la baja, en el
cine y en los libros.
© Andrés Pérez Domínguez,
septiembre de 2014
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