Rusia
Apenas llevas unas horas de vuelta y la pregunta que más te han hecho es
si prefieres Moscú o San Petersburgo. Difícil elección.
Cuando vas dejando un rastro de baba ante la interminable sucesión de palacios
entiendes, a pesar de la subjetividad de la cuestión, por qué has oído tantas
veces que San Petersburgo (o Petrogrado, o Leningrado: el
nombre no importa) es la ciudad más hermosa del mundo. Nunca has sufrido las convulsiones
de Stendhal al visitar un monumento, ni siquiera en la Santa Croce
florentina, pero la emoción de pasear por los salones del Palacio de
Invierno de los Romanov se le debe de parecer bastante. Y sólo hablo
del edificio, sin mencionar los tesoros que cobija.
Vale, San Petersburgo
es más bonita que Moscú, pero no te ha gustado más. Tampoco menos.
Porque Moscú también es única; porque es una de las ciudades donde, como en Berlín,
la Historia pesa igual que los monumentos. Lugares en los que no puedes
evitar imaginar otra época. En San Petersburgo también pasa. Me
refiero a viajar en el tiempo. Es lo bueno de pasear frente al Palacio
de Invierno o los muros del Kremlin de Moscú a mediados de
noviembre, de madrugada: no hay muchos turistas tan ansiosos de quietud para
atreverse a pesar del impagable regalo de tener las dos ciudades para ti solo
durante unas horas, como si además de viajar en el tiempo también fueras el
último testigo de un mundo desaparecido.
Nota: sería injusto por mi
parte, muy injusto, no dejar constancia pública del esfuerzo, la paciencia y el
tiempo que ha dedicado Olga Zuzdaleva, mi guía en Rusia, a
enseñarme todos los rincones que me apetecía visitar, a contestar sin perder la
sonrisa a cada una de las preguntas incómodas que se me ocurrían. Ya lo
sospechaba antes de viajar, pero ahora puedo afirmar que, sin su ayuda, ni este
viaje ni la novela que terminará de brotar después del mismo habrían sido
posibles. Hace tiempo ella compró en España una novela mía porque,
aparte de por la trama, le llamó la atención el tranvía lisboeta de la
cubierta. Me escribió para contármelo, y cuando se enteró de que viajaba a Rusia
se puso en contacto conmigo para ofrecerme su ayuda. Qué extraño que aquella
novela que escribí me vaya a posibilitar afinar otra una década después.
La vida,
como apuntaba el protagonista de aquel libro mío que leyó Olga Zuzdaleva,
es como una partida de billar: el taco golpea una bola, ésta golpea a otra, y
nunca sabes cómo va a terminar la partida.

Comentarios
El viaje fue un crucero por el Volga de una ciudad a otra algo que no se olvida.
Así que espero que tu novela nos traslade a estas bonitas ciudades