22/11/63
A estas alturas, decir que Stephen King es un genio
resulta una obviedad tan manida como prescindible, sobre todo cuando hasta
muchos de sus detractores se han ido rindiendo a su talento. El novelista de
Portland podrá gustar o no, como cualquier escritor, pero no creo que mucha
gente, por muy estirada que sea, ponga en tela de juicio su ingenio. El Stephen
King que más me gusta no es el terrorífico, aunque Misery me
parece, a pesar del miedo que recuerdo, una obra maestra. El Stephen King
que me conquista es el que ambienta sus tramas en décadas pasadas, con guiños
constantes a su juventud o a su infancia. Y, también, como no, el de Rita
Hayworth and Shawshank redemption o La milla verde.
De los últimos años cincuenta y de los primeros años sesenta trata
sobre todo 22/11/63. Como tantos otros libros, tenía esta novela
esperando en la estantería desde hace mucho tiempo. Creo que se publicó en España
en 2012, así que no es una novedad, ni falta que le hace. Pocos lectores no
conocerán al menos una parte de su trama: un profesor de Literatura
viaja en el tiempo para tratar de impedir el asesinato de Kennedy
en 1963. La premisa es atrayente, pero no resulta más que una excusa
para retratar un mundo desaparecido que con el paso del tiempo se antoja mágico.
El asunto del magnicidio me interesa mucho menos que la mirada y las
peripecias de Jake Epping / George Amberson en el pasado. “Creo
que fue entonces cuando decidí que nunca iba a regresar”, piensa en un momento
dado, y yo cada vez me identifico más con él, y soy feliz cuando lo veo
integrarse poco a poco en un mundo tan distinto al de ahora. No me interesa el magnicidio,
decía, y me da igual que se pueda viajar al pasado a través del cuartucho de
una cocina o en una máquina del tiempo. Lo que me hechiza es ponerme
en el pellejo del protagonista al conocer a Sadie, o cuando baila con
ella In the mood en una fiesta delante de los alumnos.
De la novela 22/11/63 se rodó una serie que tenía grabada
y no he querido ver hasta leer la novela. No he podido terminarla. Y es una
pena, porque, por desgracia, no está a la altura.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2017
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