La ternura infinita
Tendrá ochenta años, quizá un poco más. Renqueando, se sienta a mi lado,
en el banco del andén donde espero el cercanías. Para variar, yo he
llegado pronto. Estoy contento porque el médico me ha dado una buena noticia (mis rodillas están en
perfecto estado y puedo seguir practicando karate otros treinta y cinco
años, por lo menos...) y para aprovechar el tiempo he abierto, lápiz en mano,
un libro sobre el penoso exilio de Lev Trotsky mientras Stalin y
los suyos le hacían la vida imposible. Hace poco acaba de salir un tren,
el del anciano que me acompaña. Si tuviera veinte años, murmura,
para sí, pero en realidad me está hablando a mí, no se me habría escapado el tren. Ni con cuarenta, insiste, mirando de reojo la portada del libro que
tengo en las manos sin conseguir descifrarla, me temo. Sin cerrarlo, dejo de
leer. Sonrío, le doy la razón con un leve movimiento de cabeza. El pantalón
gris, la camisa blanca, las alpargatas, el acento cerrado y la dirección en la
que acaba de partir el tren que se le ha escapado, me dan todas las pistas que necesito
sobre él: humilde, de un pueblo de Sevilla, lejos de la ciudad, en el límite de la provincia. Un viaje a la capital,
temprano, para una visita al médico o para realizar un trámite
burocrático en la oficina de alguna administración. Gente de bien,
de otra época, acostumbrada a trabajar de sol a sol, que en la ciudad se siente
como un extraterrestre.
Dos mujeres de mi edad acaban de llegar. Si fuera más joven, vuelve a
lamentarse, dirigiéndose a ellas, no habría perdido el tren. Sus hijas sonríen
y me miran, buscando complicidad. El libro sigue abierto, pero las vicisitudes
de Trotsky en la complicada Europa de los años treinta ahora
quedan muy lejos. Mejor subamos, le sugiere una. Aquí hace demasiado calor. No
le falta razón. Aún faltan un par de semanas para que empiece, pero el verano
amenaza a ratos desde hace días, temible, en Sevilla. El hombre sacude
la cabeza, enérgico, con una convicción inquebrantable que me recuerda a
la de mi abuelo. Yo no me muevo de aquí, sentencia. Una de las hijas suspira,
resignada, pero enseguida el gesto se torna amable. Aún falta una hora para que
salga el próximo tren, le cuenta, y con la palma de la mano le acaricia el
hombro. Me fijo en su camisa, impoluta. Puede que una de ellas, o las dos, por
turnos, se encargue de lavarle y plancharle la ropa. Intuyo que falta la esposa,
la madre de ellas, aunque la imaginación a veces me juega malas pasadas. La
otra se inclina sobre él, le da un beso. Me dijiste que me invitarías a una cerveza,
le recuerda, al oído. No te vas a librar. Anda, papá, vámonos para arriba. Hay
tiempo de sobra. El hombre chasquea la lengua, con contrariedad fingida por
haber claudicado, se levanta, se coge de los brazos de sus hijas y se marchan los
tres en busca del bar. Me dicen adiós. Pocas cosas me desarman más que la ternura
con los mayores. El mismo trato amable y paciente que necesita un niño. He cerrado el libro. Ya no podré volver a leer mientras esté
en la estación.

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