El día de mañana
Me siento delante de la tele a ver El día de mañana con el prurito de curiosidad y la aprensión inevitable de haber leído la
espléndida novela de la que procede.
Antes estaba muy al día de lo que se estrenaba. Ahora, no sé si porque cumplo
años o por la saturación de oferta, presto menos atención. No tenía ni idea de
que se había rodado una serie a
partir de la novela de Ignacio Martínez de Pisón. La historia
de Justo Gil, ese inmigrante que llega
a Barcelona en los sesenta y para
sobrevivir acaba convirtiéndose en confidente de la policía, merecía una película,
o mejor, una serie, ese formato tan de moda ahora pero que no siempre está a la altura de las expectativas. No es éste el
caso, desde luego. No sé si los seis episodios que ha dirigido Mariano Barroso recibirán la atención y
el reconocimiento que deberían, pero El día de mañana es una de esas series que veo y me falta tiempo para
recomendar: ya lo he hecho con unos cuantos amigos que sé que la disfrutarán y la
valorarán.
Confieso que la cara del protagonista
sólo me sonaba de alguna aparición episódica en películas recientes. Oriol
Pla ha sido un enorme descubrimiento. No resulta sencillo crear a un personaje así y que los lectores acaben
tomándole cariño. Tampoco creo que mantener ese equilibrio interpretativo sea
menos difícil. A Aura Garrido ya la
conocía, no me sorprende, y lo mismo digo de Karra Elejalde. No se pierdan a ese comisario fascista que sacude la pantalla cada vez que abre la
boca. Pero, de todos, me quedo con el trabajo de Jesús Carroza: dicen que a los buenos
actores se los reconoce por la mirada, y aquí este policía de cerrado acento
andaluz les gana la partida a todos. Quizá porque estaba acostumbrado a
verlo en otros registros (el impagable amigo de Jesús Castro en El Niño, sin ir más lejos), me ha
dejado tan descolocado como rendido a su
talento.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2018


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