Exseleccionadores, exduques, exministros
Pocos días de información tan intensa como el de hoy, y apenas pasa un rato
de las seis de la tarde. En momentos así recuerdo con cariño a tantos amigos periodistas que, contra su
voluntad, ya no ejercen. Yo mismo echo de menos el milagro de sentarme delante de un micrófono en un estudio de radio o la columna de un periódico. Al menos queda
el blog, y bendito sea. Me siento a
consultar las noticias y me entero de que Màxim
Huerta va camino de La Moncloa
para presentar la dimisión. Por la mañana respondía a las preguntas de un periodista
en la radio y, aunque se aferraba al cargo, se me antojaba un animal
acorralado, abrumado por lo que le estaba pasando, daba la sensación de tener
muchas ganas de marcharse: una semana se puede hacer muy larga al frente de un
ministerio. Culpabilidades o inocencias aparte, no costaba sentir lástima por
él.
Por la mañana, Iñaki Urdangarín
salía del juzgado con la sentencia en la mano mientras la gente le gritaba
chorizo. Lo mismo digo: culpabilidades o inocencias aparte, a uno no le
gustaría estar en su pellejo. ¿Y quién no se ha enterado a estas horas de lo
del seleccionador nacional de fútbol?
Lo he dejado para lo último, al contrario que los informativos. Por mucho que
queramos pensar que a la gente le importan otras cosas, lo primero es antes,
como decían los viejos. No es ésta una queja fácil. No voy a decir que tenemos lo que nos merecemos por anteponer el fútbol a todo lo demás. A pesar de que de aficionado tengo lo justo y apenas conozco los nombres de unos cuantos jugadores, no me irrita, no me sorprende, sino todo lo contrario: me fascina el poder del fútbol.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2018



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