El placer de empezar
Aún no tengo
claro el destino de la novela que terminé hace poco, pero desde antes de
finiquitarla garrapateo cuadernos, me descubro parado en mitad de un paseo, o
al volante, o bajo el grifo milagroso de la ducha pensando algún detalle, a
menudo un instante nítido de otra historia todavía demasiado borrosa, apenas el
embrión de una larga gestación. Hace muchos años, cuando terminaba de escribir
una novela, me inquietaba no ser capaz de empezar otra, pero aprendí que en
este oficio la experiencia sólo sirve para saber que al final siempre se te
ocurrirá algo y que, por muy difícil que se antoje la tarea, sabes que serás
capaz de acabar una nueva novela, con mejor o peor fortuna, pero al menos
lograrás la satisfacción de concluirla. Aprendes también que la experiencia no
facilita las cosas y a menudo ―casi siempre, en realidad― ocurre justo lo
contrario porque cada vez es más difícil no repetirte, no aburrirte y, por
añadidura, no aburrir a tus lectores.
Le doy muchas
vueltas a la nueva aventura de Gordon Pinner, la tercera, algo que jamás me
planteé hace veinte años y ahora me
seduce tanto; pero también guardo en una carpeta ideas que tengo para otra
novela protagonizada por mi querido Nico Gallardo, el protagonista de Los dioses cansados. Busco en viejos
cuadernos notas para historias que aparqué porque es imposible escribir todo lo
que me gustaría, esbozos olvidados que al cabo de tanto tiempo encuentro
aprovechables. Es parecido a cuando terminas un libro que te ha gustado mucho y
sientes un vacío irremplazable al pasar el dedo por los lomos de los ejemplares
que aguardan turno en la estantería, buscando cuál elegir pero sin decidirte
por ninguno, pero al mismo tiempo es una tarea estimulante, adictiva, inventar personajes, diseñar tramas,
esperar la sorpresa que siempre, siempre aparece, igual que enamorarse otra
vez, emprender un viaje muy largo, estrenar una casa o empezar una nueva vida.
© Andrés Pérez
Domínguez, octubre de 2018

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