Todo es finito


Aunque el otoño avanza indiferente a los males propios, que importan poco, y a los ajenos, que preocupan mucho, salvo en las horas cercanas al amanecer la sensación es la misma de una prórroga de verano. Dan ganas de coger un bañador y una toalla y conducir hasta una playa cercana para tumbarte frente a la orilla, pero ya no es posible. Ni siquiera la certeza del final inminente del verano meteorológico, no el del calendario, es suficiente para hacerlo. A pesar de todo, un aguijón de optimismo desacostumbrado permitía guardar esperanzas. Será porque las buhardillas del sur todavía quieren ser invernaderos, al menos durante un rato cada día aún hay que poner el aire acondicionado y en el coche casi siempre. Sin embargo, hoy abres la puerta cuando ya  se ha puesto el sol y el aire fresco te avisa de que ahora sí, el verano se ha terminado. En un armario que llevaba meses sellado, buscas algo para abrigarte y te sacude una sensación de pérdida porque todo es finito; un lamento íntimo también inevitable y estéril, por no haber aprovechado el verano cuanto debiste, igual que los días que se van sin haberlos exprimido, las horas perdidas, las oportunidades desperdiciadas, los libros no leídos o las personas a las que quisiste.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2018

Comentarios