La condición humana

En las últimas dos décadas me han propuesto tres veces formar parte de la lista para unas elecciones. Resulta divertido porque se trataba de tres partidos de corte muy distinto. También halagador, no lo niego, que, como escribió Max Aub, nadie adivine lo que abrigan mis colores. Entiendo que si cada persona que habló conmigo estaba convencida de mi apego a sus ideas es porque siempre he procurado ser fiel a mí mismo. Y me provoca una sonrisa que tanta gente crea conocerme cuando a veces a mí me cuesta tanto conocerme. En realidad, nunca me he casado con nadie, literalmente, pero esa historia la dejaremos para otro día. La de la boda, digo. En mi opinión, uno debe ser fiel a sus ideas, evolucionar con ellas, pero la lealtad inquebrantable a un partido, pase lo que pase, me resulta tan absurdo como el futbolero “man que pierda”. No tengo ninguna vocación política, eso al menos parece claro. 
Hace muchos años un político que iniciaba su carrera y ya entonces ocupaba un cargo muy importante y ha seguido escalando con la astucia necesaria para estar hoy mucho más arriba, me contaba que su principal batalla no era contra la oposición (si acaso, esta sólo sucedía cada cuatro años), sino contra los compañeros de su propio partido. Yo era muy joven y me sorprendió. Ahora ya no tengo dudas. Me acuerdo de esto hoy, cuando todo el PSOE está pidiendo la cabeza del exministro Ábalos. Escribo cuando aún no ha abandonado el barco pero todo apunta a que lo hará. La lucha por el poder en la política es una de las formas más aleccionadoras que se me ocurren sobre la condición humana. Otras son las reuniones de una comunidad de vecinos o las excusas patéticas de un amigo tras intentar acostarse (incluso conseguir acostarse) con tu ex. No me cae simpático José Luis Ábalos. Ni ahora ni cuando era un ministro poderoso, valga el fácil pleonasmo. Y cada uno que apechugue con su responsabilidad y con su culpa. Sólo faltaría. Pero observo con curiosidad antropológica, quién sabe si también entomológica, el sonido siniestro de las navajas al afilarse. Sobre todo las de sus propios compañeros. Esos mismos que antes se hacían fotos con él y seguro que le pedían favores, le daban palmadas en la espalda y hasta presumían de su amistad.
La condición humana. Ya lo he dicho más arriba. 


 © Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2024




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