Nadar hasta que pueda

Ya me conocéis. Y si no me conocéis, vuelvo a contarlo. Será por contar. Vivo saludablemente lejos del mundillo literario. Lejos de Barcelona, lejos de Madrid, incluso lejos de Sevilla porque habito en una esquina de la provincia. Aparte de las presentaciones y de las entrevistas que tienen que ver con la promoción de mis libros (o tenían: ahora lo explicaré), no suelo asistir a actos literarios. Ya ni me invitan de tanto escaquearme. No me quejo. No se puede tener todo y por todo se paga un precio. Disfruto de la promoción, de los viajes, de las entrevistas, de los encuentros con los lectores, pero también respiro aliviado cuando regreso a mi rutina, a escribir cuando puedo, sentado en mi despacho, imaginando historias, emborronando cuadernos. Esta semana en Madrid un amigo me pone al día del negocio de los libros. Esto ha cambiado mucho, Andrés, me cuenta. Salvo casos excepcionales, ya no se hacen viajes promocionales. Las entrevistas en los medios cada vez son más escasas. Ahora lo importante es salir bien destacado en la búsqueda de Amazon. Uno de los principales argumentos, si no el principal, para publicar una obra es el número de seguidores del autor en las redes sociales. Si te cuento las cifras de venta de la mayoría de tus colegas te partirías de la risa. Así que date por satisfecho por lo conseguido y por lo vivido. Que te quiten lo bailado. Pero así es como están las cosas. 

No me cuenta nada que no sepa. Supongo que por eso no me afecta como debería. Me encuentro en plena forma literaria. Disfruto cuando me siento a escribir igual que cuando ningún editor se atrevía a publicarme. Y eso hago, hoy mismo, regresado a mi estudio, de vuelta a la rutina. Sentarme a jugar a imaginemos. Disfrutar, aunque guarde un  libro de cuentos en un cajón, esté pariendo otro y tenga varios proyectos de novela. Disfruto a pesar de lo anterior o quién sabe si por lo anterior. Nadaré hasta que pueda, como canta Amanda Martínez; o intentaré pasarlo bien, como esos dos soldados que interpretan Mel Gibson y Mark Lee en la espléndida Gallipoli,cuando el oficial les permite quedarse en el baile porque sabe que al día siguiente los van a enviar al matadero.

Parece triste, pero no lo es. Se trata de soñar y al mismo tiempo tener los pies en la tierra. 

Todo lo demás es ruido. 

Yo me entiendo.

 

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2024

 

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