Mucho ánimo
No sé qué le ocurre, pero intuyo o adivino o imagino que algo le pasa. Aunque la sonrisa siga siendo la misma de cada mañana. También su amabilidad. Es de agradecer en cualquiera que trabaje cara al público. Sobre todo en un bar. No siempre se da. Pocas cosas resultan más desagradables que un perdonavidas que atiende a un cliente: en una ventanilla, en un comercio, en un bar o en una gasolinera. Yo estoy a lo mío, apurando el segundo café, mirando a la gente, leyendo, anotando en el cuaderno cosas que sólo yo entiendo, cosas que a menudo yo no entiendo. Un cliente le da un abrazo. Le dice que mucho ánimo. Conozco al cliente, de una vez que coincidimos en otro sitio, no muy lejos de allí, una tarde muy especial a primeros del verano pasado. Desde entonces me saluda con afecto y amabilidad. Ni siquiera me acordaba de él cuando un día se acercó a mi mesa y me tendió la mano. La vida, me dice al despedirse, con pena. La vida está llena de problemas. No hago preguntas. Cuando intuyes algo malo es mejor ser discreto. Aún me quedo un poco, sigo a mis cuitas, que no son nada y lo son todo. La sonrisa sigue siendo la misma cuando voy a pagar la cuenta a la barra. Si hay tristeza está muy escondida, al fondo de los ojos. Ojalá que no la haya. Ojalá me equivoque. En esta vida, Andrés, me dijo cuando era muy jovencito uno de esos sabios que ya se fue, el que no vale para barrendero no vale para nada. Cuánta razón tenía.
Cosas mías.
© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2024
Comentarios