
Hace años, en una mesa redonda sobre boxeo en la que participé en Barcelona porque el protagonista de una novela mía había sido campeón de Europa superwélter, un púgil retirado arrugó la nariz con asco cuando alguien mencionó, tal vez yo mismo, las películas de Rocky. Las he visto todas, varias veces, disfrutándolas siempre. Hasta algunas mujeres me han aguantado el tiempo suficiente para verlas conmigo. Sólo algunas, sí. Con otras no lo he conseguido. Suena a tópico manido, ya lo sé, pero si las ves de un tirón las películas de Rocky suponen una muestra innegable de superación, del personaje y del actor que lo interpreta. Contaba Stallone en un documental dos anécdotas a las que a menudo recurro cuando hablo de la importancia de no rendirte si crees en ti mismo o de lo fundamental que puede llegar a ser un detalle en apariencia insignificante. Empiezo por lo segundo: Stallone fue a un casting para otra película, y allí estaban, si mal no recuerdo, John G. Alvidsen e Irving Wrinkler, quienes terminarían dirigiendo la primera (Alvidsen) y produciendo todas las películas de la serie (Wrinkler). Cuando se marchaba, el actor al que no conocía ni la madre que lo parió se dio media vuelta y les dijo que estaba escribiendo algo sobre un boxeador. Enséñanoslo cuando lo tengas, respondieron. Si no hubiera dicho esas palabras, contaba Sly muchos años después, no estaría aquí ahora mismo. Lección número uno: nunca se debe dar nada por sentado, cualquier cosa, por difícil que parezca, puede suceder. Lo primero, decía, era la importancia de no rendirte si crees en ti mismo. Cuando el proyecto cinematográfico principiaba nadie apostaba por Stallone como protagonista. La cara medio paralizada, las mismas dotes para actuar que un gorila anestesiado… Le ofrecieron dinero por hacerse a un lado. Primero un poco, luego mucho. Y eso es difícil de rechazar cuando tu cuenta bancaria está en números rojos y has tenido que vender a tu perro para llenar el carrito del supermercado. Luego pudo recuperarlo por una cantidad muy superior. Es el mismo perro que sale en la película, vaya. Por las razones que fuesen, y gracias siempre a quien lo decidiera, el papel fue para el tipo que había creado al personaje. Parecía lo justo. Sería un sacrilegio hoy pensar en Rocky Balboa con otra cara que no fuese la de Stallone. Lección número dos: nunca te rindas, pero nunca, nunca. O, si lo prefieres, como sostenía Churchill: “Never, never, never quit…”
He soltado la parrafada anterior porque quería hablar de Apollo Creed. Las películas no serían lo mismo sin él. Quién sabe si acaso serían. Apollo Creed fue el antagonista de Rocky (dos veces: la primera ganó por los puntos, la segunda fue noqueado), luego fue su amigo y su entrenador (no es mala idea si ves a tu contrincante triturar las costillas en el congelador donde entrena) para poner en su sitio a Clubber Lang (es Creed quien le advierte a Rocky sobre la mirada del tigre que ha perdido ―The eye of the Tiger, sí, corred a buscar la canción de Survivor; también hay una hermosa versión de Chiara Mastroiani―); y por último murió en un combate con Iván Drago que Rocky se encargaría de vengar, como no podía ser de otra forma. Siempre me cayó simpático Apollo Creed. Jamás habría contratado a su sastre, pero tenía una presencia imponente, con esos pectorales cincelados y la sonrisa de tipo listo. Ahora se nos ha muerto, mientras dormía, sin hacer ruido, y me pongo a pensar, una vez más, y no sé si hacerlo se está convirtiendo en una mala costumbre, en el paso del tiempo. Me apetecía dibujarlo. Y quizá sea el momento de volver a ver las cuatro primeras películas de Rocky porque en todas sale Carl Weathers.
¿Alguien se apunta?
© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2024
Comentarios