La puñetera imaginación
Cerca de donde suelo desayunar hay un geriátrico. Algunos residentes se asoman por el bar, en grupos diversos. El más habitual era uno formado por tres octogenarios: uno en silla de ruedas, otro, empujándola, con gafas de aviador y cazadora como de Maverick jubilado y ella, que me recordaba a Patricia Highsmith. Los tres fumando como si no hubiera mañana (quizá a cierta edad lo mejor es no pensar en mañana: en realidad, es mejor no pensar demasiado en mañana a ninguna edad), casi siempre puros. Tosiendo, aunque con tanto deleite no parecía preocuparles. Era divertido observar cómo las mesas a su alrededor en la terraza se quedaban vacías. Nadie protestó porque fuera está prohibido fumar. Primero desapareció Patricia Highsmith. Como tenían ese aire de compañeros de instituto, antes de pensar en algo más triste y más lógico preferí imaginar que se habían peleado. Los triángulos amorosos siempre acaban mal. Al menos los hombres seguían siendo amigos. Luego se esfumó el de la silla de ruedas, mejor no preguntar por qué, y al émulo octogenario de Tom Cruise cada vez lo veo menos. Puesto a imaginar, imagino muchas cosas y casi ninguna me gusta. La imaginación, como la memoria, es al mismo tiempo un don y un castigo. Recordarlo todo no es sano. Imaginarlo todo tampoco.
Me ha vuelto a pasar esta mañana. Me contaban algo importante tras el desayuno cuando lo vi pasar y nos dio los buenos días. No pude dejar de mirarlo mientras avanzaba por el aparcamiento con el andador. Lo siento, pero ya no pude escucharte mientras me contabas. De todos los ancianos con los que me cruzo por allí, este es mi favorito. Hasta no hace mucho aparcaba el coche, del maletero sacaba una silla de ruedas en la que acomodaba a su mujer y la empujaba rampa arriba. Ochenta y tres y mira, todavía puedo, me dijo una vez, guiñándome el ojo. Otro día estaba atascado y al ofrecerle mi ayuda le dije que un poco de ejercicio me vendría bien. Asintió, en silencio. Hay cosas que no necesitan explicación. En otra ocasión, tras colocar la silla de ruedas delante de una mesa, antes de entrar en el bar vi cómo colocaba los labios fugazmente en los labios de su esposa. Un beso apasionado en una película, mientras suena la música y llueve a cántaros, no me habría emocionado tanto.
Hace mucho que no veo a su mujer. Él ya no conduce y camina siempre con un andador. Por más que lo intento no soy capaz de imaginar cosas buenas. La vida es demasiado frágil. Cualquier tarde todo puede irse por el sumidero. Puede pasar a cualquier edad. Puede pasarnos a todos.
Yo me entiendo.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2024
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