El rincón de fumar
No debería sorprenderme el hilo
de humo a pesar de la silla de ruedas y del día que hemos pasado, porque, al
cabo, es su rincón de fumar. Me dan ganas de abroncarla, pero me contengo. En
realidad, me contengo sólo un poco. Han sido muchas horas de tensión: primero
una llamada cuando estaba a punto de salir para comer con unos amigos. El
temblor en la voz y la urgencia que sugieren los silencios indican que algo no
anda bien. El trayecto breve, pero qué largo, diciéndome, a pesar de lo evidente, que no será nada. Mintiéndome también. La ambulancia que tarda, la espera que
nunca se acaba, qué lento pasa el tiempo; el esfuerzo de subirla al coche para que
la consuele el aire acondicionado mientras llega la ayuda. A mediodía el
asfalto duele. Todo es peor con tanto calor. Mejor no moverla, me recomienda el
conductor de la ambulancia. Yo mismo la llevo. Varias pruebas, muchas horas esperando.
Sin comer. Mi padre, mi hermana, yo. Y ella. Ella sobre todo. Dos
fracturas complicadas. ¿Cuándo no lo son a su edad? Un mes de reposo
innegociable. A ver quién es capaz de sujetarla. Una silla de ruedas
polvorienta rescatada del trastero. Hay que intentar sentarla sin hacerle mucho
daño. Pero no es fácil. Imposible, me temo. Subirla y bajarla del coche ha sido
un suplicio, pobrecilla. No tarda en pedir que la llevemos a otra habitación
porque quiere estar sola. Pienso que no lo va hacer, hoy no. Pero sí. Hoy sí. Sólo
un cigarrillo. Eso me dice, aunque seguro que hay alguno más. Le doy la charla,
pero con la boca pequeña. Además, estoy de espaldas. Soy como esos padres que
cuando riñen a sus hijos tienen que aguantarse la risa. Porque más que me
mosquea que fume me admiran sus agallas para ponerse el mundo por montera, una
vez más. Hacer lo que le da la gana porque ya ha cumplido años para eso. Porque
ya no tiene que darle cuentas a nadie ni le queda nada por demostrar. Ven,
acércate, me dice. Dame un beso. Hoy he estropeado tus planes. Lo siento. Lo
hago demasiadas veces, ¿verdad? Ha sido la primera vez en todo el día que se le
han saltado las lágrimas.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2025
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