Inspirador o pragmático

¿Te gusta escribir en los bares? La pregunta retórica me pilla desprevenido. Retórica, porque garrapateo en mi cuaderno. Este es pequeño. Viajo ligero de equipaje y lo llevo en el bolsillo trasero del pantalón. Desprevenido, porque en cuanto desenrosco la pluma el mundo se difumina. Está sentada al lado. La he visto con el rabillo del ojo, pero no pensé que me mirase. A menudo creo haber alcanzado el sueño infantil de ser invisible, pero la vida adulta se empeña en negarlo. Acabo de pedir la cuenta al camarero. He llegado a este bar que conozco de otras veces sorteando las obras de la hermosa plaza de Santa Ana. Aún falta un poco para la función y me apetece un café. La tarde anterior fui a la ópera y aunque a medianoche la vida en la retaguardia se complicó lo bastante como para estar a punto de volver a casa, al final la campana sonó en el momento oportuno para poder quedarme otro día en Madrid. Pero de camino al teatro ha vuelto a sonar el teléfono y ya no tengo escapatoria: el viernes por la mañana tengo que estar en Sevilla. Son varios los frentes abiertos. No pasa nada. Es la vida, sólo eso. 

Me gusta, sí, respondo, con una sonrisa. Ella tiene un acento extraño. Enseguida sabré por qué. A mí también me gusta escribir en los bares, me cuenta, aunque no haya mucha luz. Por eso ya no lo hago, necesito gafas para leer. Yo la miro por encima de las mías, suspendidas en la punta de la nariz. Muchas horas de lectura y de escritura, le digo sin decírselo. Y muchos veranos. Menciona esa ciudad al otro lado del charco donde he estado varias veces. Dice haber pasado allí los últimos catorce años, trabajando en lo que parece muy interesante. Blindo cualquier detalle que pueda revelar mi oficio, para variar. Viejos reflejos que se activan con los desconocidos.

No quiero molestarte, se disculpa, pero allí era muy habitual hablar con los desconocidos en los bares. Tiene razón. Cuántas comedias románticas nos habríamos perdido si eso no fuera verdad. El camarero se demora con el cambio. Es de esos tipos profesionales que a veces encuentras al otro lado de una barra: amable pero no servil, cercano pero distante y con las tablas necesarias para alejarse con discreción de una conversación ajena, sobre todo si se trata de un hombre y de una mujer que empiezan a charlar. Se ha marchado de la barra un momento, presumo, para regalarme algo de tiempo. 

¿Inspirador o pragmático?, dice, señalando con los ojos el cuaderno. Callo un instante, la sonrisa intacta, sobre todo por la forma de preguntar. Pragmático, contesto, pero es mentira. Los viejos reflejos, de nuevo. Porque no me apetece y quizá también (también y sobre todo) porque algunas verdades me hacen sentir vulnerable, no le cuento que suelo reflexionar por escrito en mis cuadernos sobre las cosas que me pasan y que algunas veces el diablo me pone la mano sobre el hombro porque últimamente casi todas son buenas, y las malas, que también las hay, las soporto con buen ánimo. Por la forma en que entorna los párpados adivino un relámpago de decepción. Sólo anoto un montón de cosas que tengo que hacer mañana, añado. La primera mentira es la más difícil. Luego basta tirar del hilo. El camarero me trae el cambio. Me mira un instante, con complicidad masculina. 

Tengo que irme al teatro, me disculpo. El Español está al otro lado de la plaza. Aún faltan veinte minutos para que empiece la función. ¿Qué obra vas a ver? Le enseño en el móvil la entrada para Viaje hasta el límite. Es una obra de Luis Martín Santos, le cuento, antes de despedirme. No es fácil callarte cuando una mujer atractiva tiene interés en pegar la hebra. Vengo a Madrid con frecuencia, le explico. Antes miro qué hay en la cartelera e intento ir  siempre a una o a dos obras de teatro. 

Lo siento, pero tengo que irme. Asiente, satisfecha. Vete tranquilo. Disfruta del teatro. Gracias por este rato. Ya estoy de espaldas cuando me pide un favor. No pierdas nunca esa sonrisa. Me vuelvo a mirarla. Ahora me da vergüenza sonreír, pero cómo podría no hacerlo.

Ojalá la obra merezca la pena, me digo, cuando salgo a la calle.

Sin mirar atrás.

Sin dejar de sonreír. 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2025 

 

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