Experto en mí mismo

           

Un escritor no es experto en nada, salvo en sí mismo, y si es listo mantendrá la boca cerrada. Afirmaba esto en sus memorias el maestro Le Carré. Estoy de acuerdo, pero la reflexión merece una explicación más larga, con los matices adecuados. También los motivos que me empujan a teclear sobre esto.

Mi apreciado Ángel del Río me manda unos párrafos del libro de una profesora norteamericana: Españoles en Mauthausen. Representaciones de un campo de concentración nazi 1940-2018. Intercambié unos correos con Sara J. Brenneis hace años. Quería información sobre una novela mía cuya trama sucedía en ese campo de exterminio y además me ayudó a encontrar una traductora para publicarla en Estados Unidos, algo que, para desgracia de mis finanzas (lo lamento también por mi agente y por la Agencia Tributaria), hasta ahora no ha sucedido. Pero como me empeño en conservar cierta dosis saludable de ingenuidad, no pierdo la esperanza. Advierte la escritora que mi novela, y otras, “son culpables de deshistorizar un capítulo de la historia de España que ya de por sí carecía de claridad”, de “socavar el conocimiento histórico con construcciones ficticias” o de ser “variaciones apócrifas del Holocausto que a la vez trivializan y popularizan el evento histórico para el mercado de consumo”. También, reconoce la norteamericana, mi novela “es un medio muy visible para encontrar la historia de los españoles en Mauthausen” y afirma que “ha tenido un éxito nunca visto en representaciones anteriores de los españoles en Mauthausen”, que “incluso se puede encontrar en la librería del Memorial de Mauthausen en el campo austriaco, dándole un cierto aire de autoridad en el esfuerzo por capturar la experiencia de un campo de concentración de una nación” y que “fue el primer intento de llevar la historia de la experiencia española de Mauthausen al mundo de la ficción para el gran público”.

Resulta muy interesante todo lo anterior. Entiendo y acepto las quejas de la autora. Un trabajo público siempre estará sujeto a la crítica. Así debe ser. Y me gusta conocer las opiniones de otros, sobre todo si están bien argumentadas y se expresan, como es el caso, con respeto. También me halaga y me abruma al mismo tiempo. Nunca imaginé, cuando escribí la primera palabra de esa novela, hace ahora diecisiete años, que recorrería un camino tan largo. A menudo recibo comentarios ventajistas o condescendientes sobre ella: “Estaba claro que una novela así sería un éxito”, “Qué listo fuiste, chaval”. Cosas así. Pero no es verdad. Escribí esa novela con la misma incertidumbre que cualquiera de los otros libros que he parido, antes y ahora, sin saber siquiera si le interesaría a un editor, en unas circunstancias personales muy difíciles, pero también muy bonitas, y con una fecha límite (algo que detesto, odio las prisas) porque quería presentarla a un premio que finalmente acabo ganando. Sólo quería contar una historia. Tan sencillo como eso. No busqué aleccionar ni ser el primero en hablar de un tema triste y delicado. Tampoco soy un experto en los campos de exterminio. Ni lo he pretendido. Afirmar lo contrario sería tan ridículo como falso. Cinco años antes de la primera edición del libro sobre Mauthausen, la publicación de otra novela cuyo protagonista era un espía en Sevilla durante la Segunda Guerra Mundial decidió mi destino. Es mi libro más vendido hasta ahora. Después, el del campo de exterminio. Pero escribes una novela de espías y durante años te llaman de un montón de sitios para hablar de espías. Escribes sobre un campo de exterminio y te tildan de experto. No sé si eso es bueno o malo, pero no es culpa del escritor. Cuando publiqué aquella novela de espías me negué a posar para una sesión de fotos con un sombrero Stetson calado hasta las cejas, gabardina y soplando el cañón de una pistola de juguete, palabra. Luego publiqué otra novela cuyo protagonista era un boxeador y me dejé retratar con unos guantes de boxeo en casa de Julio Manuel de la Rosa, que en paz descanse, para una entrevista. Incluso acudí a una mesa redonda sobre boxeo en Barcelona. Años después escribí una novela cuya trama giraba en torno a los nazis ocultos en España tras la Segunda Guerra Mundial y me llamaron para participar en un programa de La Sexta sobre neonazis. Decliné la invitación porque no podía aportar nada sobre un asunto que desconozco.

Quizá lo más inteligente sería salir en la tele en lugar de quedar como un misántropo engreído, pero cada uno es como es. Aun así, me siento muy agradecido cuando mi trabajo suscita un interés tan genuino y potente. Lo digo de verdad, por mucho que me sorprenda. Agradezco a Sara J. Brenneis las referencias a mi novela. Es bonito, mucho, y raro también, cuando lo que uno escribe en un rincón del sur de España llega tan lejos. Cuando a pesar de tu exilio voluntario de los cenáculos literarios se acuerdan de ti. Hace unos años, un profesor universitario norteamericano escribió una tesis sobre la novela negra española (un género en el que tampoco soy un experto, por mucho que algunos digan lo contrario) y se entrevistó conmigo en Sevilla para dedicar varias páginas a una novela mía. Recuerdo también aquella mañana en Madrid con otro profesor alemán para el mismo asunto. Puede parecer autopromoción, un arte que, según la profesora norteamericana, domino bastante bien, pero sólo es perplejidad. El asombro de un juntaletras que suele creer que cuando le pasan cosas buenas es porque la suerte se pone de su parte.

Sólo puedo hablar por mí, claro está. A otros escritores les encanta fotografiarse con cara de malote, convenientemente disfrazados según convenga a la promoción de sus libros, pero yo me sentiría ridículo. Y no, no soy un experto nada, creo que ni siquiera en mí mismo. Sirve a la trama y me enriquece estudiar sobre lo que voy a escribir, disfruto documentándome y he aprendido mucho sobre temas a los que, de no escribir novelas, no me habría acercado, pero llegado un momento prefiero inventar, volar sin motor. A mí me gusta hablar de las personas, de sentimientos. La documentación es para amueblar el mundo en el que se mueven los personajes, para caminar con cierta seguridad por los mismos senderos que ellos; para entenderlos mejor, en definitiva. Si quisiera levantar actas de la realidad, siempre lo he dicho, habría elegido ser notario. Además, sería una forma más rentable y segura de ganarme la vida.


© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2025 

 

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