Amantes infieles
Ando en huelga veraniega de noticias. Total, más o menos ya me lo sé. Casi siempre tengo la tele apagada mientras almuerzo, o encendida pero con apenas volumen. Ayer, por alguna casualidad (quienes crean en el destino pensarán que fue para escribir esto, vale, pero yo no creo en el destino), puse los ojos en la pantalla cuando hablaban sobre una pareja a la que las cámaras de un concierto pillaron en plena infidelidad. Entre tanto mangante y tanta guerra, las noticias, por fin, me arrancaron una sonrisa. Ya ni poner cuernos se puede, joder. Algunos diréis que estaban en un concierto y sabían a lo que se arriesgaban. Vale, pero también podía haber pasado en la calle, en un restaurante o en la cola del pan. Qué tiempos en los que llevaba una réflex contundente para retratar las ocasiones especiales. Ahora basta cualquier tonto con móvil para que te conviertas en uno de los recuerdos de las vacaciones de cualquier familia.
Lo de esta pareja va a terminar en divorcio, parece. Son muy tímidos o tienen una aventura, parece que dijo el cantante de Coldplay cuando se escondieron. No está mal, pero gustaba más lo de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?: “Llevas un conejo escondido bajo la gabardina o es que te alegras de verme?”. Ella le dio la espalda a la cámara, él se agachó como si un esquizofrénico le apuntase con una ametralladora. No era para menos. Sabía que al volver a casa lo esperaban las maletas en la puerta. En fin, eso de ser infiel y ponerse cariñoso en un concierto tiene su peligrillo.
Hace poco, en una terraza del Algarve que parecía la antesala del Paraíso, un italiano talludito apuntó con el móvil al sol que se hundía en el Atlántico. Respetable, claro. Hasta que se dio la vuelta y empezó a grabar a todos los clientes del bar, uno a uno, despacio. Fue incómodo, lo confieso con franqueza extemporánea. Aunque no dije nada. Nunca estoy seguro de si soy prudente o cobarde. Pero no me gusta que me graben. Y no es por cuernos. Es porque mis cosas las cuento yo si quiero, mis fotos las cuelgo yo si quiero y mi teléfono lo doy yo si quiero. Cuántos amigos he perdido por alguno de estos tres motivos. Pero bueno: si en algún vídeo italiano veis a un tipo que se me parece bebiendo un caipiriña y una sonrisa de oreja a oreja mientras mira el Atlántico a finales de primavera, feliz, porque el muy ingenuo no sabe lo que le espera a la vuelta de la esquina, es que soy yo, sí.
¿Qué pasa?
© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2025
Comentarios