La sombra tras la bicicleta


Tu padre nos va a enterrar a todos, me dijo el otro día Javi, un viejo amigo de la infancia, cuando fui a su papelería a plastificar algo que hice para regalar. Hablamos un rato de cuando éramos niños mientras su hijo terminaba de darle consistencia a mi dibujo. Lo de enterrarnos a todos lo decía con admiración sincera puesto que, como él recordaba, en septiembre hará cuarenta y dos años que mi padre sufrió un ictus. Un mes postrado en la cama de un hospital, la mitad izquierda del cuerpo paralizada, la boca torcida, hipotecado hasta las cejas para construir unas viviendas de protección oficial que todavía parecen nuevas, un puñado de nóminas que pagar y una mujer, dos hijos, un padre y varios perros a su cargo. Para colmo, no tenía a nadie a quien pedir un duro prestado. A menudo pienso en eso cuando me acosan los problemas y todo se relativiza bastante, creedme. Como ya venía duro de fábrica, consiguió salir adelante. Vaya que sí. Hoy ha cumplido ochenta y ocho. Sigue conduciendo, lee el periódico, hace crucigramas cada día, devora libros, bebe vino, a menudo conmigo, qué suerte tengo; cocina como Arguiñano y, si lo dejáramos, seguiría saliendo cada día a pelear para dar de comer a los suyos. Lo sigue haciendo, en realidad, a su manera y como puede.

Ayer miraba desde su sillón, con el bastón al lado (por fin he conseguido que lo use en su casa), mientras yo ayudaba a mi madre a dar unos pasos. Ella tiene que volver a aprender a andar tras el accidente. Lo conseguirá en cuanto pierda el miedo. Con una mano agarro su brazo y con la otra le sujeto la espalda, para que se sienta segura. A veces la retiro unos centímetros, sólo para que tome conciencia por sí misma del equilibrio. Se muere de miedo cuando deja de sentir el calor de mi palma en su espalda. Antes de que empiece a tambalearse vuelvo a sujetarla y por un instante parece que podría ir sola a dar un paseo. No ha cambiado nada salvo la confianza de sentir mi mano en su cuerpo castigado. Miro de reojo a mi padre. Sigue ahí, imperturbable. Lo que piensa se lo calla. Tampoco está siendo fácil para él. Me acuerdo de cuando me enseñó a montar en bicicleta. Me acuerdo ayer y muchas veces. Sujetaba el sillín mientras yo pedaleaba. Veía su sombra detrás y me sentía seguro. Él me animaba a pedalear más rápido, sin separarse nunca de mí. Pero una de las veces la sombra estaba demasiado lejos. Sin darme cuenta acababa de aprender a montar en bicicleta y estaba muerto de miedo.

Tantos años han pasado y aún sigo siendo ese crío que busca su sombra en el suelo mientras pedalea. 

 

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2025

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