Una tarde de viernes cualquiera


En tiempos de tribulación no hacer mudanza. Dicen que lo dijo San Ignacio de Loyola, pero da igual porque a veces el rebelde que llevo dentro tiende a desoír los consejos de los sabios y ando en pleno zafarrancho. Moviendo cosas de una parte a otra estoy y, como no tengo antena, voy a comprar una tele inteligente de esas. También necesito un aparato de aire acondicionado en el salón para no acabar derretidos la nueva tele y yo. Me encanta el cine pero no tanto como para sufrir. Veremos si lo soluciono en los próximos días: lo del aire acondicionado, digo. Lo de sufrir ya veremos. El Mediamarkt a primera hora de la tarde de un viernes en verano se parece al desierto: hay sitio de sobra para aparcar y los vendedores suelen estar todos libres. Todos salvo el de los televisores. Ahora le atiendo, me dice, sudoroso, a pesar del aire acondicionado. No es para menos. Está con una pareja de jubilados alemanes. Ella, el pelo corto, chanclas tan grandes como tablas de surf y tatuajes en los brazos mullidos. Él, enorme, barbudo, con camiseta y tirantes, una suerte de tirolés hippie. Lo imagino abriendo el candado que sujeta su jarra de cerveza en la Hofbrähaus muniquesa. Qué bonitos recuerdos tengo de esa ciudad. Para comunicarse con el vendedor usan el traductor de Google. Entre que temo que en lugar de una televisión compren una batidora y que presumo que si echo una mano terminarán antes y tal vez el vendedor me trate mejor, me ofrezco a ayudar. Mi alemán está muy oxidado, pero como sólo soy tímido con las mujeres guapas y me he zampado un par de botellas de Albariño bien frío con Juan y con Paco, me tiro a la piscina. Entschuldigen Sie, kann Ich Ihnen helfen?, les suelto, y como los tres se vuelven hacia mí como si hubieran visto a Moisés  abrir las aguas del mar Rojo, me apresuro a aclararles que aunque por mi oferta de ayuda les haya parecido un profesor de alemán, sólo es un espejismo. Que antes lo hablaba con cierta dignidad, vaya, pero que ya no. Ich spreche Deutsch, aber nür ein bischen. Que lo hablo pero muy poco, vamos. Como un indio.

Tenías que haber venido antes, me dice el vendedor. No hay problema, respondo. Luego me aconsejas bien cuando me llegue el turno. Si quieres hacerme un descuento, añado, guiñándole el ojo, también te lo aceptaré. Se echa a reír. Pocas cosas me satisfacen más que provocar sonrisas espontáneas en los demás. Los alemanes me cuentan dónde viven (no lejos de donde yo vivo), me hablan de una doctora de su pueblo que vive en el mío y yo les cuento, qué casualidad, que el anterior médico de su pueblo es mi vecino y se ha jubilado hace poco. Se llevan una televisión inmensa que sólo las manos del leñador bávaro pueden sujetar. Cuesta un riñón y me pregunto si van a poner en su casa un cine de verano y cobrarán entradas. Ojalá, porque me gustan mucho los cines de verano.

La que yo me llevo también es grande pero, comparada con esa, parece la pantalla de un ordenador portátil. Y cuesta la cuarta parte. No me complico mucho con la tecnología, entre otras cosas porque la tecnología me resbala. Me basta, le digo a Javi, el vendedor (a estas alturas nos hemos hecho amigos), con que se vea bien y tenga conexión a Internet. No tengo cable de antena ni ganas de ponerlo. Lo arreglamos en un par de minutos. Me lleva al mostrador para pedirme unos datos. Hay dos personas esperando. Ambos quieren saber cómo es la tele que me llevo y parecen dispuestos a comprarla. Cuando le digo mi nombre al vendedor, uno de ellos me saluda: Te llamás como yo. El acento lo delata. Es argentino. De mi edad, más o menos. Quiere saber si la tele está a buen precio. A mí me lo parece, contesto. Me acabo de divorciar, me cuenta, y he venido a comprarla. Es un motivo tan legítimo como cualquier otro, respondo, cargando con mi tele, para despedirme. Yo emprendo el camino inverso, añado: primero la televisión. Luego ya veremos. Todo se andará.

Se echa a reír.

 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2025 

 

 

 

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