MMA

Llevo un tiempo apartado del karate, los años pasan rápido, pero cada vez que entro en el lugar donde practico yoga, en mi casa o en el centro donde recibo clases, inclino la cabeza, aunque sólo sea perceptible para quien quiera fijarse. Suelo hacer lo mismo cuando me corrigen y a menudo, aunque sólo yo pueda oírlo, murmuro “oss” o “hai”. Son viejos reflejos de alumno disciplinado. Cualquier karateka conocerá su significado. Tiene que ver con el respeto. Por tu maestro, por tus compañeros y por ti mismo.

Parece que las artes marciales mixtas (MMA) se han puesto de moda, cada vez más. Los admiradores de Illia Topuria son legión, no se trata de negar sus méritos. Sin duda los tiene de sobra. Pero lo único que vi del combate del otro día fue el momento en que, con el rival en el suelo, se tiró a machacarle la cara. Quizá vi algo más en las noticias, pero no lo recuerdo. Y lo que recuerdo me gustaría olvidarlo. He practicado artes marciales desde niño y sólo he llegado a ser un karateka digno. Nada más y nada menos. No es falsa modestia. Me explico. He tenido mucha suerte: ser forjado por el mejor de los maestros y estar al lado de muy buenos karatekas. Cuando digo buenos, quiero decir buenos de verdad. Es como si te gusta el fútbol y tienes la suerte de entrenar con Messi, Cristiano, Zidane, Pelé y Maradona juntos. Por muy bueno que creas ser con el balón, saltar al césped con ellos es una recomendable cura de humildad y, si tienes un miligramo de sentido común, procuras fijarte en ellos, sin que se te note babear, y con suerte ganarte su respeto.

Podría llenar páginas contando anécdotas. Han sido muchos años y muchos ratos de felicidad. Pero la paciencia de los lectores no es infinita. Ningún recuerdo es machacar la cara de nadie. Al contrario: una de las primeras cosas que aprendes en un tatami de karate es que si se te va la mano con quien no tiene tu experiencia ni tus conocimientos siempre habrá alguien, a menudo el maestro, que te enseñará enseguida todo lo que te queda por aprender. Lo difícil es no pegar, lanzar golpes a toda velocidad y ser capaz de parar cuando tus puños, tus pies o tus codos rozan la cara del otro. No es fácil conseguirlo mientras la adrenalina bombea en un combate y los movimientos del otro son imprevisibles, creedme. Recuerdo una vez, no hace tanto, mi maestro con las manos cruzadas en la espalda insistiendo en que lanzase golpes. Más fuerte, más rápido, decía, sus ojos de acero clavados en los míos mientras me hacía retroceder hasta la pared. Más fuerte, más rápido. Más fuerte, más rápido. A menudo mis nudillos le rozaban las púas de la barba. Si me paso de frenada soy hombre muerto, pensaba. Pero de eso se trataba: de vencer al miedo. Más fuerte, más rápido. Así hasta que la pared a mi espalda me detuvo. Entonces dijo que el ejercicio había terminado. Sonrió. Me dio un abrazo. Los compañeros aplaudieron. Eso es karate para mí. O artes marciales si lo preferís. No lo de la foto.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

El que apaga la luz

Nadar hasta que pueda