F1
Hace un par de años unas fotos de Brad Pitt en la final de Wimbledon con gafas de sol, estudiado desaliño capilar y ese aire de inmarcesible tipo buenorro, dieron la vuelta al mundo. Este tío se mete algo, me dijo un examigo. No sé, respondí, pero tiene que haber algo más. Seguro que Willy Toledo también se mete algo y no es lo mismo. Rodaba entonces el actor en Londres la película que revienta la taquilla este verano. Como el ruido me espanta no soy aficionado a las carreras de coches ni de motos, pero voy a ver F1 porque determinados blockbusters conviene disfrutarlos en pantalla grande. Me entretiene, me divierte, salgo del cine un poco más feliz que cuando entré. No pido mucho más a una película, sobre todo lo último. Pero también voy a verla porque está Brad Pitt. Carreras y lujerío de marcas prohibitivas aparte (el título de la película no es casual, claro), la clave está en el perdedor digno que compone el tipo que enseñó lo que era un orgasmo como Dios manda, o varios (orgasmos, digo), a Geena Davis en Thelma y Louise hace treinta años. Recuerda el piloto Sonny Hayes al Cliff Booth de Érase una vez en Hollywood (salvo una o dos, casi todas las pelis de Tarantino en las que no está Brad Pitt sólo me arrancan bostezos), al Billy Beane de la espléndida Moneyball. Me gustan esos tipos derrotados en mil batallas que siguen en pie sin protestar, sin quejarse, porque lo han elegido, porque la vida es así y ya está. Me gustan porque nos reconocemos en ellos. Aunque nos miremos al espejo y, por mucho que queramos, no veamos a Brad Pitt.
© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2025
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