No a la guerra
La prueba innegable del paso del tiempo son las canas de Alberto San Juan. No debe de suponer un problema para quien, además de ser un actor excelente, empieza a lucir pinta de galán clásico. Pero lo miro, hago cuentas y así, como quien no quiere la cosa, resulta que han pasado veintitrés años del “No a la guerra”. Me gustaría decir que basta asomarse al telediario durante el almuerzo y percatarse de que nada ha cambiado, pero estaría faltando a la verdad: ahora todo me parece más grave, más siniestro, con lo difícil que parecía superar el delirio por las armas químicas de Irak. Pero hasta Bush hijo se antoja un filósofo griego comparado con el tarado que se sienta cada mañana en el Despacho Oval con ganas de desayunar napalm (ay, Robert Duvall, cuánto te echamos de menos). Al presidente Sánchez se le podrá reprochar muchas cosas, pero me siento muy representado por él estos días. Ahora viene el momento en que algunos amigos me llamarán rojo. Vale, pues me alegro. A veces otros amigos o incluso estos mismos me llaman facha. Serán las canas de la barba, pero me resbala. No hace mucho una mujer despechada a la que ni siquiera conozco me acusó de ultraderechista. Me hizo gracia. Está claro que tampoco me conoce y mucho menos me ha leído. Digo despechada porque no quise contestar a varios mensajes que me envió para pegar la hebra: el tiempo del que dispongo es limitado y me gustan las mujeres guapas y amables, lo siento. Y si no son guapas, al menos que sean amables, pero detesto los malos modales y bloquear puede ser la mar de terapéutico. Que ya ni siquiera se sepa insultar como Dios manda es otra muestra de que estamos peor que hace veintitrés años. Me asomo al archivo del blog, esa vieja bitácora que por algún motivo me empeño en mantener abierta, y encuentro varios textos en contra de la invasión de Irak que escribí en 2003 para un periódico y para la radio. Me pregunto si entonces llegué a pensar que mis palabras servirían para algo. No sé si alguna vez fui tan ingenuo, pero sigo siendo un idealista, aunque sea un idealista cansado. Y en aquel momento casi todo lo bueno que me iba a pasar en la vida estaba al caer aunque a veces no confiaba en que sucedería. Ya no escribo en periódicos, ya no hablo cada semana en la radio, ya es más fácil encontrar mis novelas en librerías de lance que en los anaqueles de los grandes almacenes, pero un amigo muy querido me envía un artículo que me empuja a escribir esto. Pensaba coger el coche, alejarme de todo lo que me rodea por unas horas, y lo voy a hacer: cuando la vida aprieta me relaja conducir. Pero antes me he sentado a escribir, sin que nadie me pague, sin que nadie me obligue. Quizá sea una forma muy íntima de decirme que no está todo perdido. Que a veces hay que mojarse y decir lo que piensas.
No a la guerra, alto y claro. Claro que no.
Y ahora me voy. Ahora, que todavía falta un rato para que el sol se esconda en el horizonte.
Marzo de 2026
Comentarios