San Ray Bradbury
Como el título de esa novela de la temperatura a la que arde el papel en la escala de Farenheit, no recuerdo la cifra, dijo el profesor en el instituto. 451, murmuró el alumno, con cierto pudor aunque quizá también con alguna presunción. Eso, concedió el profesor, señalándolo con extrañeza: Farenheit 451. El alumno se encogió de hombros mientras sus amigos reían. Quizá se reían de él, pero que más da eso ahora.
Mi querido Miguel me envía un texto de Ray Bradbury, uno de esos de entusiasmo contagioso, tan habituales en el escritor, y me empiezan a galopar los recuerdos. A veces tengo la sensación de haber leído todo lo importante en la adolescencia. Si no lo más importante, desde luego lo que más me ha marcado. Bastan un par de mensajes para que Miguel encargue uno de los libros de Ray Bradbury que más he recomendado: Zen en el arte de escribir. Me preocupa un poco que mis amigos sigan mis sugerencias sobre lecturas y películas sin pestañear: cada persona es distinta y cada historia cala de forma distinta en cada uno. Pero también confieso una buena cuota de orgullo al pensar que mi experiencia puede servirles de algo.
Déjame que te busque algo, le digo a Miguel: debo de tener un decálogo de Ray Brabury sobre la escritura. Dos folios de papel arrugado (los libros sólo tienen dos olores, apuntó el viejo zorro ―Bradbury, no Miguel―: el olor a libro nuevo, que es estupendo, y el olor a libro usado, que es todavía mejor). Los pegué con celofán en esa pared hace dieciséis años. Y antes estuvieron pegados, los mismos folios, en las paredes de otras casas donde viví. De esta habitación saqué los libros hace tiempo a otra más grande, y luego los he cambiado a otra, cada vez tengo más libros y menos espacio, pero dejé estos folios pegados ahí, no sé por qué, y hacía mucho que ni siquiera me fijaba. Quizá sea una prueba de mi deambular por las habitaciones como un fantasma absorto. He citado puntos de este decálogo muchas veces. Lo sé de memoria. Sonrío al leerlo, de nuevo, esta mañana tan difícil. Quizá resulte excesivo afirmar que los libros nos salvan. Pero haberlos leído es una de las mejores formas que conozco de estar preparado para cuando la vida aprieta.
Yo me entiendo.
Marzo de 2026
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