El azar
No me canso de repetir que no creo en el destino, que me espanta la pseudofilosofía que remeda al viejo Superpop en las redes sociales, pero me fascinan los mecanismos del azar. No me canso de repetirlo y tal vez estéis cansados de escuchármelo o de leérmelo. Mis condolencias por anticipado si es así. Ya no sé si podría otra vez, pero hace muchos años creé una alerta de Google con mi nombre: resultaba útil para saber cuándo aparecía en algún medio cualquier cosa relacionada con mi trabajo. Hoy, un periódico destaca mi nombre entre la lista de ganadores de un premio literario. No está mal que te dibujen una sonrisa cuando llevas unos días complicados, pero la noticia me empuja a pensar, como tantas otras veces, en la vida como una partida de billar al revés. La vida sólo se puede entender hacia atrás, sostenía Kierkegard. Será verdad. Hace un cuarto de siglo, cuando peleaba por hacerme un hueco en el mundillo literario, una mujer muy mayor no dejaba de llamarme porque confundía mi número de teléfono con el de su hijo. Cada vez que intentaba sacarla del error ella colgaba, hasta que ya no volvió a llamar. Para entenderlo, para dar sentido a lo que pasó, para ahuyentar la culpa, cualquiera sabe por qué, escribí un cuento. Muchas de las cosas que me pasaban eran la materia prima de lo que escribía. Ahora también es así, pero cada vez me da más pereza, no escribirlas, sino llamar a puertas que no quieren abrirse para que lleguen a los lectores. No tengo nada que demostrar a estas alturas, ni me apetece, y entre mis muchos defectos no se encuentra la insistencia. Con las mujeres me pasa algo parecido, aunque no dudo que pueda estar equivocado: llevo mucho sin publicar y también bastante tiempo soltero. Pero cada uno es como es y baja las escaleras como quiere.
Ese cuento acabó ganando un premio un año después. Tengo una foto de la ceremonia de entrega, leyéndolo en un teatro lleno hasta la bandera. Luego seguí viviendo, escribí varias novelas y muchos cuentos. La historia de la mujer que me confundía con su hijo no se publicó hasta casi tres lustros después, junto a otras historias breves que también fueron finalistas de un premio. Algún tiempo después volví a leer el cuento en voz alta, esta vez a una mujer que me lo pidió mientras se dormía en mis brazos. Tantas vueltas ha dado aquella historia, quién me lo iba a decir. Ver mi nombre ahí me ha alegrado el día. También concluía el filósofo danés que cité al principio que, aunque la vida sólo se pudiera entender hacia atrás, había que vivirla hacia delante. La bola sigue rodando sobre el tapete. Sin que yo pueda anticipar dónde chocará la próxima vez. Sin que quiera anticiparlo.
Quizá esta sea una forma de dar las gracias a aquella anciana que me llamaba.
Gracias por tanto.
Marzo de 2026
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