Horario de verano

No me entero hasta esta mañana, en pie desde muy temprano, como casi siempre, y al mirar el móvil me siento incómodo: aún no se ha levantado del todo el sol, pero con esa luz incierta suelo llevar despachados un café y unas cuantas páginas de lectura provechosa. Unos días fuera, tantas cosas en las que pensar, y sobre todo tantas cosas en las que no pensar, y me he olvidado por completo del cambio de hora. Lo he contado muchas veces, pero lo repetiré, por si sirve de algo. O, mejor, a sabiendas de que no servirá de nada: pertenezco a esa cofradía de raros que prefieren el horario de invierno (es más natural: quien quiera saber, que se informe, es fácil), me agobian esas tardes tan largas en las que la oscuridad se hace la remolona, duermo mejor, y aunque la primavera sea muy bonita y muy colorida también es la antesala del verano y el verano a veces es sinónimo del infierno, porque es muy largo y hace mucho calor y a las diez todavía no es noche cerrada. El verano sería estupendo, o quizá más soportable, si mantuviéramos el horario de invierno. Nunca cambio la hora en el reloj con que duermo: una forma, puede que tonta pero útil, de mantener la ilusión.

Sí, ya sé lo que estáis pensando: raro, aguafiestas, amargado. Espiritrompa, si queréis (ah, lo siento si no sabéis por qué lo digo, no os lo voy a contar: haber leído…). Pensad lo que queráis. No me voy a poner a rebatir vuestros argumentos. Porque, pese a todo, el verano tiene muchos momentos deliciosos, lo reconozco. Y resulta divertido, y estimulante, imaginarlos, desearlos. Dibujarlos.

            Pues eso.

 

Marzo de 2026

 

 

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