El corazón de madera

Finalista del I premio de Artículos Periodísticos "El Torreón"
A Miguel Sánchez Sobrino, que se empeñó en publicarlo.


En las películas o en las novelas de policías existe una figura imprescindible, tan imprescindible como la rubia oxigenada o el detective solitario, inteligente, duro pero en el fondo con buen corazón, casi siempre con gabardina y sombrero, un par de botellas de whisky barato en el armario donde guarda sus archivos y una paciencia infinita que le ayuda a esperar el golpe de suerte que cambie su vida. De su pasado como investigador para el fiscal del distrito, Philip Marlowe conservaba viejas amistades que le soplaban información. Sherlock Holmes, sin embargo, recurría a los Irregulares de Baker Street, una pandilla de adolescentes que vagabundeaban por las calles de Londres recabando para el rey de la Ciencia del Razonamiento Deductivo información extremadamente valiosa.
Pero eso era antes, a finales del siglo XIX o en la primera mitad del siglo XX. Aunque supongo que la figura del confidente sigue siendo esencial en la calle, el confidente de toda la vida, el que por pasarse horas en la calle no tiene más remedio que enterarse de algo útil para quienes investigan: un coche sospechoso, gente nueva en el barrio, cualquier aspecto de la vida que pase por alto a un ojo menos avezado.
En Estados Unidos, tal vez por ser un país tan grande y con tantos millones de habitantes, los detalles adquieren una mayor dimensión. Ahora, en plena resaca post 11 de septiembre, en guerra contra un enemigo invisible, contra un enemigo que carece de rostro y de territorio, es cuando más necesarios son los confidentes, tanto que todo el país ha de convertirse en un ojo espía: los mecánicos, los fontaneros, los electricistas, todos aquellos que visiten las casas de los ciudadanos han recibido la petición del presidente Bush de estar alerta. Ahora, un fontanero puede ir a arreglar las cañerías de la casa de un norteamericano cualquiera y espiar sus movimientos al tiempo que simula rebuscar en la caja de herramientas; un electricista puede no tener otra intención que observar los movimientos de un cliente en lugar de comprobar el estado de su instalación y un empleado de telefónica puede mirar con ojos acusadores a un hombre que posea una alfombra para postrarse y rezar cinco veces al día en dirección a La Meca.
La línea que separa la seguridad de la locura es demasiado frágil, demasiado fina para saber cuándo detenerse. Puedo entender las preocupaciones de un país en guerra, pero se me atraganta pensar que millones de personas se conviertan en un Gran Hermano —espero que después de cuatro ediciones del programa alguien se acuerde de la novela de George Orwell— colectivo. Porque, desgraciadamente, al final siempre pagarán justos por pecadores, y cualquier movimiento de una persona que adorne su cabeza con un turbante será analizado mil veces, y de la deducción a la interpretación sospechosa, a la paranoia absoluta, sólo hay un paso. Me acuerdo de la Inquisición, de las acusaciones falsas de los vecinos con las que vengaban una vieja afrenta, de los conversos comiendo carne de cerdo a la vista de todos para que no cupiesen dudas respecto a su adhesión a la nueva religión que habían abrazado a la fuerza, unos actos de cara a la galería no muy diferentes a los de Arafat donando su sangre delante de las cámaras de televisión el día que se derrumbaron las Torres Gemelas, o los ciudadanos norteamericanos de origen árabe, enarbolando la bandera de las barras y estrellas los primeros, con una extraña mezcla de amor a su nueva patria y de pánico a ser tomados como chivos expiatorios.
Hay que tener mucho cuidado con la información, porque a veces ésta puede ser intencionada, malintencionada. En mi despacho tengo un montón de objetos que me hacen compañía, que me recuerdan los sitios donde he estado o las personas que he conocido. Entre mis favoritos se encuentra un corazón tallado en madera, con diez firmas en unos caracteres que no entiendo, una decena de rúbricas que me regalaron unos compañeros árabes con los que estudié una vez, hace muchos años. A veces me entran ciertos escalofríos al pensar qué habría hecho con él si viviese en Estados Unidos en lugar de en España y esperase a que alguien viniera a arreglarme el teléfono. Me pregunto cuánto tiempo habría tardado en ocultarlo en el fondo del armario, si no habría perdido el sueño temiendo que alguien lo encontrase un día, si no se me habrían saltado las lágrimas al ver mi querido corazón de madera con las firmas de mis amigos crepitar en la chimenea antes de verse reducido a cenizas.


Publicado en la revista editada por la ESPA (Escuela de Seguridad Pública de Andalucía)


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