La bola de cristal

Érase una vez, hace diecinueve años, un programa de televisión que se emitía los sábados por la mañana. Parece como si estuviera refiriéndome a la Prehistoria, pero no hace tanto tiempo sólo había dos cadenas de televisión, la Primera y la Segunda, cuya programación matinal se reducía a los sábados y los domingos. Ahora puedo encender el televisor a cualquier hora, por la mañana, al mediodía, de noche, incluso de madrugada, y siempre encontraré algún programa fronterizo que se emite, supongo, para mitigar la soledad de los insomnes que dan vueltas por la casa sin saber en qué entretener el tiempo de agobio que se extiende implacable mientras los demás descansan. Ahora, también, en cada casa pueden verse como mínimo una docena de canales de televisión y aunque, para ser sincero, no creo que eso sea malo si uno sabe qué ver o qué buscar entre la basura, el otro día, cuando me enteré de que acaba de salir un libro sobre aquel viejo programa infantil, La bola de cristal, me sacudió la nostalgia. El reportaje que leo en el periódico me aclara que el programa empezó a emitirse en 1984 y que se mantuvo en antena durante cuatro años, con unos niveles de audiencia impecables. Un programa que trataba a los niños como seres inteligentes, que usaba la fina ironía como recurso inteligente para hacerles pensar, que nos animaba a cerrar los ojos durante unos segundos y luego, si no se nos había ocurrido nada, nos aconsejaba que viéramos menos la televisión. El caso es que millones de personas de mi edad, más jóvenes, incluso mayores, se acuerdan de Alaska transformada en la Bruja Avería, de Loquillo, de Kiko Veneno, de Pablo Carbonell. Es tan larga y tan intensa la estela con que La bola de cristal ha marcado una generación que aparte del libro ha salido a la venta un doble disco con 30 canciones que recogen el legado musical del programa y está a punto de salir un DVD con las mejores emisiones. Incluso desde un fanzine se está recogiendo firmas para que el programa vuelva a emitirse. Seguramente, por muchas firmas que consigan, no volveremos a ver La bola de cristal los sábados por la mañana ¾viva el mal, viva el capital, que diría la Bruja Avería¾ pero el intento es admirable.
Uno nunca quiere pararse a pensarlo y se excusa diciendo que la vida ha cambiado mucho, pero la verdad es que han pasado casi veinte años de aquello, y cuesta asimilar que se empieza a recordar cosas que pasaron hace dos décadas con un cariño que tiene algo de nostalgia, de cierta pesadumbre por los tiempos que nunca volverán: los sábados de entonces, cuando me levantaba un poco más tarde porque no tenía que ir a clase, y me sentaba a ver La bola de cristal. Esos sábados de hace diecinueve años cuando podíamos encender la televisión al levantarnos por primera vez en la semana. Los sábados de antes, toda la familia reunida delante de la pantalla: quién no se acuerda de la alegría cuando nos dejaban quedarnos a ver Sábado Cine, de las series de dibujos animados antes de Sesión de Tarde, de Mazinger Z, de la subversiva Bola de cristal. Pero los tiempos cambian, y a pesar de la nostalgia es bueno que las cosas y que la televisión cambien con los tiempos, y es bueno también que el recuerdo de aquellos buenos tiempos permanezcan guardados en la memoria. Ahora los niños disfrutan de otras ventajas de las que nosotros no podíamos disfrutar -y no estoy recurriendo a la ironía, lo digo de verdad-, aunque si hay que poner todas las cartas sobre la mesa, puesto que se está hablando tanto de La bola de cristal, los chavales de hoy, a pesar de Internet, de las videoconsolas y de la televisión por cable han salido perdiendo en un par de cosas: no saben quién era la malvada Avería, pero sí se conocen al dedillo las andanzas de ese sucedáneo de bruja de pacotilla que se llama Aramís Fuster, y en lugar de abrir la boca de admiración delante de una bola de cristal auténtica que les muestre una ventana al mundo, pobrecillos, han de conformarse con la bola de Rappel.

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2003

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