Seguro de belleza


Ya no nos asombramos al enterarnos del valor las piernas de un futbolista después de haberlas asegurado. El valor de una sola pierna que se quiebre de Ronaldo, de Zidane, de Raúl o de Van Nistelroy, significaría para la mayoría de los mortales más dinero del que ganaría en varias vidas. Pero teniendo en cuenta que se trata de su herramienta de trabajo y, ganando lo que ganan ¾y lo que dejarían de ganar si no pudieran volver a jugar¾ es más que lógico que paguen una sustanciosa suma para dormir tranquilos. Como de herramientas de trabajo se trata, dicen por ahí que Jenniffer López tiene asegurado su trasero. Que nadie se eche las manos a la cabeza o apague la Radio, por favor: no quiero yo decir que la actriz trabaje con el culo, pero sí que, por descontado, es un elemento más de su innegable atractivo. Aunque me queda la duda de saber cómo se mide el seguro del culo, si al firmar la póliza cada año el agente de turno debe proveerse de metro, nivel y escuadra para tomar medidas, ángulos, o le bastará una simple ojeada profesional o un apretón discreto con la mano para comprobar si la ley de la gravedad, tan implacable, ha logrado imponerse a las preciosas posaderas de Jennifer López. Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo, me imagino al empleado de la compañía de seguros, de vuelta en la oficina, presumiendo delante de sus compañeros después de comprobar el impecable estado del culo de la actriz.
Pero la cosa no queda ahí. Cuando de seguros se trata, las excentricidades no son patrimonio exclusivo de las celebridades: Una veinteañera británica ha asegurado su belleza para los próximos diez años. La prima no es muy alta, sólo 300 € al año, y la cantidad que cobraría dentro de una década tampoco es de infarto, pero sí sustanciosa: 150.000 €. La cobraría, claro si al cumplir los 36 su belleza se hubiera deteriorado. He de decir, para ser honesto, que por más que miré a la muchacha en televisión no podría decir que ningún inglés perdiese el aliento al cruzársela por la calle o que siquiera volviese la cara para contemplar el bamboleo sensual de sus caderas. Pero bueno, eso es cuestión de gusto, y el mío puede estar tan desviado como el de cualquiera. La joven mostraba su cuerpo a la cámara, se tocaba las caderas, el lugar donde acabarían instalándose las temidas cartucheras, la melena rubia, se miraba al espejo, y contaba cuan importante era la apariencia externa para ella. A lo mejor, decía muy seria, si pierdo mi belleza dentro de diez años, me costará encontrar trabajo, o encontrar marido, miren ustedes. Pues nada, dentro de diez años, en el 2013, un tribunal imparcial de expertos se reunirá para examinarla y comprobar hasta qué punto el paso del tiempo ha deteriorado la escasa belleza ¾ya dije antes que iba a ser sincero¾ de esta señorita británica. Que me perdonen los oyentes de Onda Cero, pero algunas veces me pasa: me entero de una noticia y pienso que se están quedando conmigo, parpadeo, vuelvo a clavar los ojos en la pantalla de la televisión y qué va, es tan verdad como que estoy sentado en el sillón. A ver si encuentro un agente de seguros poco espabilado y consigo asegurarme un buen pico para dentro de diez años: ¿acaso no se me habrá ensanchado la cintura, no me habrán salido arrugas, no se me habrá vuelto el pelo gris o se me habrá caído? Diez años son diez años, y, por muchas vueltas que queramos darle, el tiempo pasa sin piedad, aunque, si hay alguien que esté dispuesto a pagarme un buen pico entonces, no me importaría pagar una módica cantidad de dinero. Es una apuesta segura, como jugar a la lotería sabiendo de antemano el número que va a salir: ¿no lo harían ustedes?

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2003

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

François Cluzet