El vendedor de pollos


El vendedor de pollos


Ya está haciendo calor, mucho calor. Quizá más calor del que estamos acostumbrados a soportar en esta época. Tanto calor que da miedo pensar el que pasaremos en verano.
El hombre de la furgoneta también tenía calor. Sudaba a mares cuando se paró, conectó el altavoz y empezó a pregonar las excelencias de los pollos que vendía. No era difícil adivinar su mercancía si uno conducía detrás de él, sin mucha prisa, y echaba un vistazo a las plumas que abandonaban la furgoneta por la precaria abertura practicada en la parte posterior. Caía la tarde, pero todavía hacía mucho calor cuando el hombre detuvo la vieja furgoneta en mitad de la calle, con sus pollos vivos para vender, sacó una mano por la ventanilla y me indicó que lo adelantase. Al hacerlo me fijé en él, cincuenta y muchos, tal vez más, o tal vez menos pero muy trabajados, el pelo negro, chupaíllo, el rostro agitanado plagado de arrugas profundas, de arrugas que salen de trabajar y de vivir, de partirse el lomo agachado en el campo, de patearse urbanizaciones en una furgoneta con un cargamento de pollos para subsistir. Me lo quedé mirando mientras aparcaba el coche, por el espejo retrovisor, haciéndome el remolón para ver si la tarde se le daba bien al buen hombre y conseguía vender unos cuantos animales. No podría decir cuánto tiempo estuve, si un minuto, dos o cinco, pero durante el tiempo que permanecí dentro del coche y a pesar de que el altavoz instalado en el techo de la furgoneta insistía sobre las excelencias del género, ningún cliente se acercó a interesarse o a comprar un pollo.
Entré en mi casa, y no recuerdo qué hice. Tal vez me senté a leer, o encendí la radio y o la televisión, pero por la ventana abierta seguí escuchando durante un largo rato el altavoz del vendedor de pollos, de una punta a otra de la urbanización. No lo veía, pero imaginaba que nadie se acercaría a comprarle, quizá porque hacía mucho calor, o porque poca gente acostumbra ya a comprar pollos vivos para criarlos y engordarlos y después rebanarles el pescuezo. Pero oscurecía ya cuando dejé de escuchar el altavoz de la furgoneta, y aun sin verlo estoy seguro de que recorrá cada día otros pueblos, otras urbanizaciones, con la constancia del que está convencido de la calidad de lo que vende o, simplemente, porque la vida muchas veces se trata de pararse y ponerte a llorar o apretar los dientes y seguir adelante, aunque la tarea de uno sea tan difícil como vender cubitos de hielo a los esquimales o recorrerse cientos de pueblos con una furgoneta para vender pollos. Así que no te quejes, muchacho. No te quejes, me dije aquella tarde, porque siempre hay alguien que lo tiene más crudo. Qué curioso, pienso ahora, qué curioso que veamos las cosas tan claras de una forma tan rara, o tan simple, que baste con la mirada de un vendedor ambulante para darnos cuenta del valor de lo que tenemos, aunque no sea mucho.
En esta época del año siempre tengo la ventana abierta. Por la mañana corre una brisa fresca y se oyen cantar a los pájaros. El hombre de la furgoneta no ha vuelto a venir por aquí. La verdad, no sé qué hacer con un pollo, pero creo que la próxima que oiga su altavoz, bajaré las escaleras, cruzaré la calle y le compraré uno.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2003

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