El vinilo

Hace poco lo encontré, Cristóbal, en el rincón más apartado de la estantería, allí donde se acumulan el polvo y el olvido, como si guardásemos una parte de nosotros que nos gusta recordar pero de la que tampoco queremos deshacernos. Era mi viejo equipo de música, con dos pletinas para cintas, un cargador rudimentario para CDs y, en la parte arriba, un plato para discos de vinilo, con su aguja, cubierto por una tapa de plástico, transparente, polvorienta. La levanté, con el ceño fruncido, como quien encuentra un viejo tesoro. Había un disco dentro, un LP, como se llamaban antes. Enchufé el aparato y el disco se puso a girar, sin protestar, como si no hubiera pasado nada más que un rato desde que lo encendí por última vez. Coloqué la aguja y sonaba. ¿Sabes, Cristóbal? Hacía muchos años que no escuchaba ese ruido de fondo de los discos de vinilo, ese ruido que tanto me molestaba cuan-do era un adolescente porque significaba que los discos habían envejecido y yo no había tenido la paciencia o la constancia de cuidarlos. Y resulta que ahora, al escucharlo, Cristóbal, no es que no sonara tan mal como recordaba, sino que, quién me lo iba a decir a mí, sonaba de maravilla: la aguja arañando el vinilo, la música que llegaba lejana, como si le costase un esfuerzo mayor. Nada que ver con esos CDs que ahora colman mi estantería, que son tan pequeñitos que apenas ocupan espacio, que suenan tan bien y tan limpios, sin ningún ruido de fondo, que difícilmente se rayan, esos Cds que la otra tarde, Cristóbal, mientras en el plato de mi viejo equipo de música sonaba un disco de vinilo me parecían tan asépticos como la sala de espera de un hospital. Me pregunté entonces si a cada paso que damos hacia el futuro, hacia la comodidad, hacia cualquier avance tecnológico que nos haga la vida más agradable no vamos perdiendo también, poco a poco, casi sin darnos cuenta, el sabor de las cosas. Me pregunto también, cuánta gente, a lo largo del tiempo, Cristóbal, se habrá hecho esta misma reflexión, cuántos hombres habrán mirado un reloj digital con el ceño fruncido y habrán echado de menos una esfera redonda con manillas doradas, tal vez con una cadena que se pierda bajo el chaleco, cuántas veces abrirá uno su correo electrónico y no pensará en esas cartas, escritas a mano, que abríamos con cuidado para poder conservar el sobre como recuerdo. Poner una cinta en el vídeo, Cristóbal, tal vez será dentro de no mucho tiempo un vago recuerdo que nos dará vergüenza contar a los más jóvenes para que no piensen que nos estamos haciendo viejos. Ya ves, Cristóbal, escuchar un disco de vinilo puede ser como volver a aspirar un perfume antiguo, un olor de la infancia que creíamos olvidado, como viajar en el tiempo quizá, darnos cuenta de que, para bien o para mal, las cosas ya nunca serán como antes.

  Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2006


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