Trivial trivial

 Cristóbal, yo estoy seguro de que tú conoces ese juego, el Trivial, igual que estoy seguro de que lo conocen la mayoría de los oyentes, si no todos, de Protagonistas. Hay quien dice que es el mejor juego de mesa jamás inventado, y yo no sé si esto será exagerdo o no, que tal vez, pero yo me atrevería a decir que sí, que quizá lo sea. Pero es que me han contado que ahora hay una nueva ver-sión, igual que la de siempre, con sus tarjetas, sus preguntas, sus quesitos y toda la parafernalia acostumbrada, en la que los temas bajo los que se agrupan las preguntas han cambiado: es decir, en vez de Literatura, Historia o Ciencia, las preguntas son de la Prensa del Corazón, y en lugar de ganar una partida por saber cuándo se libró la batalla de Alcazarquivir o por acordarse del número atómico del Uranio, por ejemplo, uno puede levantar los brazos, triunfante, si se conoce al dedillo las andan-zas de la vida ejemplarizante del ex alcalde de Marbella, pongamos por caso, y su novia la tonadillera. Y a mí, Cristóbal, la verdad, a estas alturas de la película no pienso cabrearme más: tenemos lo que nos merecemos, o el caso es que, lo merezcamos o no, es lo que hay, y por algo será. Parece una tontería, pero es en estos pequeños detalles en los que uno se da cuenta de que nos despeñamos cuesta abajo y sin frenos: el Trivial, que se trivializa ―y perdóname, Cristóbal, el fácil juego de palabras― para que las nuevas generaciones puedan seguir jugando, ese cartel del ayuntamiento ―te acordarás, no hace mucho: Plaza de Bicente Alexander (prefiero no dar más detalles de las faltas de ortografía); Exposición de herrera a Velasques ―el primer nombre sin hache y el segundo con dos eses en lugar de dos zetas, como si el genio sevillano fuera portugués―, frase que leí hace poco en una guía de ocio de Sevilla. Pero lo mejor fue el otro día, Cristóbal, en París, en el Museo de la Resistencia, donde un padre (español) le contaba a su hija (española) que Hitler había invadido Francia. La chiquilla, Cristóbal, no sé, tendría 16 o 17 años, y la expresión de su cara parecía decir, venga, papá, no me vaciles, cómo iba Hitler a invadir Francia. Te estás haciendo viejo y te estás inventando cosas, hombre. Anda ya. Pero bueno, Cristóbal, para que veas que no me pongo apocalíptico del todo te diré que al menos pude sacar algo positivo de la conversación, porque, tal y como está el patio, podía haber sido mucho peor: al menos la niña no le preguntó a su padre en qué equipo de fútbol jugaba ese tal Adolf Hitler, si era uno de los futuribles de Florentino Pérez antes de entregar la cuchara, o, ya puestos, también podría haberle preguntado si ese Adolf Hitler era el ganador de alguna de las últimas ediciones de Operación Triunfo, o, lo que es peor, de Gran Hermano.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2006


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