Sin tarjeta

Ya ves, Cristóbal, he estado un par de semanas en dique seco, perdido y en el lodo, como di-rían Los Panchos. Y todo por culpa de un objeto que no mide más de siete centímetros de ancho por cuatro de alto: mi tarjeta de crédito, que un día, cuando fui a sacar dinero, se la tragó el cajero, y yo ahí, mirando la pantalla con cara de tonto, escrutando el almanque para ver si era el día el Día de los Inocentes, dando golpes al cajero, como un energúmeno, hasta me dolió la mano. Pero nada, Cristóbal, la tarjeta se quedó dentro y yo sin un duro ―bueno, sin un céntimo―. Desde aquel día, lo primero que hice cada mañana fue llamar al banco, consternado, a ver si me habían mandado una tarjeta nueva, porque la otra me explicaron que el cajero se la tragó porque estaba tan vieja y deteriorada que ya no servía nada más que para chatarra. Y, ¿sabes una cosa? lo que más me molesta de esto, Cristóbal, no es haber perdido la tarjeta, sino que me haya importado tanto estar unos días sin llevar la tarjeta de crédito en la cartera. Fíjate, qué tontería. Porque debería darme igual, Cristóbal, por qué no: no hace mucho tiempo yo no tenía tarjeta de crédito, y salía a la calle sin miedo a quedarme sin dinero o a pasar la vergüenza de que un camarero viniese con la cuenta y no pudiese pagarla. No hace mucho tiempo, también, yo me atrevía a conducir un coche durante cientos de kilómetros sin preocuparme de llevar un teléfono móvil en la guantera, por si tenía una avería. No hace demasiado también, Cristóbal, yo no tenía ordenador y escribía a mano, y cuando tuve mi primer portátil me hubiera revolcado de risa si alguien me hubiera dicho que llegaría un día en que revisaría mi correo electrónico al menos una docena de veces cada día. Y el caso es que no voy a poner en plan elitista y voy a decir aquí que antes estábamos mejor, que al final la tecnología lo que hace es complicarnos la vida, porque eso sería una falacia, una boutade, o para que nos entendamos, una solemne tontería, pero cuando me bloquea algo tan simple como perder la tarjeta de crédito y no me atrevo a alejarme de mi casa, para no verme sin dinero, cuando me falla el correo electrónico y me pongo a pensar en cuántos mensajes me voy a quedar sin poder responder, cuando se me atasca la impresora y pierdo el sueño porque no sé si me la arreglarán con tiempo para poder venir a la radio a leer la separata, cuando se me agota la batería del móvil y no me atrevo a irme de viaje por miedo a quedarme tirado en la carretera y no poder llamar a una grúa, o, simplemente, cuando se estropea el frigorífico o se atasca el dvd, me doy cuenta de lo frágiles que somos, de cuánto depende nuestra vida de ciertas cosas que son tan insignificantes y a las que, por desgracia, nos hemos malacostumbrado.

  Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2006


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