Macrobotellón

Pues nada, Cristóbal, que hoy he venido hasta aquí con las carnes abiertas. Si te digo la verdad, hasta se me pasó por la cabeza la idea de hacer mi intervención semanal por teléfono. Si las noticias son ciertas, Cristóbal, a esta hora la Isla de la Cartuja debe de estar preparándose para una invasión ―de la Isla de la Cartuja y del Charco de la Pava, puede que pacífica, pero, como cualquier invasión, arrolladora: los chavales, y seguro que los que no son tan chavales, pertrechados con neve-ras, con bolsas con cubitos de hielo, botellas de licor y equipos de música en los coches, dispuestos a coger la gran cogorza, o una de ellas, mientras los que mandan en el ayuntamiento nos han aconsejado a todos los que tengamos cosas que hacer por la Isla de la Cartuja, que nos larguemos cuanto antes, y aquí estamos, Cristóbal, igual que los soldados ingleses acorralados en las playas de Dunquerque, con los tanques alemanes pisándoles los talones y el Canal de la Mancha a la espalda, acojonados por culpa de la macrofiesta, o el macrobotellón, o la macrogilipollez, o como quieras llamarla, que se nos avecina. En fin, yo no sé qué vas a hacer tú hoy, si el taxista que te tenga que llevar a tu casa te va a decir que lo siente mucho, pero que la Isla de la Cartuja es territorio comanche, que riesgos los jus-tos y que te busques la vida. Yo tengo suerte, Cristóbal, porque puedo levantarme de este asiento en cuanto termine de leer la separata y largarme de aquí antes de que una legión de jóvenes termine de ocupar posiciones para ver si consiguen que este macrobotellón de hoy sea el más grande de todos los que se van a celebrar en España, hombre, que no se crea nadie que en Sevilla no nos ponemos serios y competitivos cuando de juerga se trata. Pobrecito del que quiera competir con nosotros en organizar una fiesta. Hasta ahí podríamos llegar. Ya te digo, con suerte, antes de las dos yo estaré camino de mi casa. Así que hoy no me podré quedar a ver en vivo la sección que sigue a este artículo, la que hace mi amigo Diego Jesús, que sabes que me divierte tanto, porque alguien ha tenido la brillante idea de celebrar el Día de la Primavera a lo bestia y por las bravas. Pero eso no es lo que más me irrita, Cristóbal, lo peor, lo que me da más pena, es saber que a esta hora hay miles de personas mirando el reloj, acabando sus tareas a toda prisa, para marcharse a su casa con la cabeza agachada porque las autoridades de esta ciudad tienen miedo de que los llamen reaccionarios y en lugar de poner medios para impedir que los chavales se emborrachen en la calle y colapsen Sevilla se han afanado en dar recomendaciones estúpidas sobre lo que tenemos que hacer los demás para que no nos pille un atasco. No sé si este macrobotellón de Sevilla será el más grande jamás visto, y maldito lo que me importa. Por mí, que empiece a llover y no pare hasta el lunes, que al menos la naturaleza se encargue de impedir lo que quienes mandan no se atreven.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2006


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