Curro Jiménez
Entre hablar de Sánchez
Gordillo y otros temas se me pasa la semana sin decir nada de Sancho Gracia, de
quien ya sólo nos quedará el recuerdo. Para los de mi generación siempre será
Curro Jiménez. Desde hace muchos años guardo algunas notas sobre una novela que
nunca escribí y no sé si escribiré algún día: una historia entre Sevilla y
Madrid, a principios del siglo XIX, con franceses y bandoleros, toreros de los
de antes y hombres que se visten por los pies. Cada vez que pienso en ese proyecto
de novela aparcado me acuerdo de Curro Jiménez. Es inevitable hablar de bandoleros y no
pensar en esa serie. La ponían los domingos por la noche hace más de treinta
años. Luego vi a Sancho Gracia en Jarabo, ese inolvidable episodio de La
huella del crimen, y en Lobos, aquella serie que no tuvo el éxito
que se merecía, donde daba gusto verlo compartir plano con Miguel Ángel Solá.
Lo recuerdo en el cine como el bombero retirado de La caja 507 y el especialista fracasado de 800 balas; o la
última vez que lo vi en un pantalla grande como el impagable pastor de Entre
lobos. Pero Sancho Gracia siempre será Curro Jiménez. Podría escribir unos
cuantos párrafos más de esta entrada diciendo que se nos ha ido uno de los
grandes. Pero eso es demasiado obvio. Prefiero recordar que, hace treinta y dos
o treinta tres años, cuando yo era un niño, le pedí a Sancho Gracia un
autógrafo en un hotel de Matalascañas. Andaba por allí rodando algún episodio
de Curro Jiménez. Es la única vez en mi vida que le he pedido un autógrafo
a alguien. No lo he vuelto a hacer y probablemente no lo volveré a hacer nunca. Sancho, ponía en tinta azul, en un papel cuadriculado. Lo perdí hace
muchos años. Qué pena.
© Andrés Pérez
Domínguez, agosto de 2012


Comentarios