Creo que por fin estoy de
vacaciones. No puedo afirmarlo con rotundidad porque en mi oficio nunca
encuentro una frontera clara entre el trabajo y el ocio. Resulta raro también
cuando trabajas en casa y llegan las vacaciones. Con el tiempo me he dado
cuenta de que lo mejor es poner tierra de por medio o intentar hacer cosas
diferentes. Quiero irme lejos, pero aún no lo tengo claro. Mientras tanto, voy
y vengo a la playa estos días tan largos que parece que el calor durará para
siempre, como si el verano fuera eterno y no un fogonazo que se acabará
enseguida y empezaremos a echar de menos el olor del campo cuando se pone el
sol o la brisa suave que por fortuna sopla muchas veces desde el Atlántico. Me
acerco a la playa a ver a la familia, a algunos amigos, sin mirar el reloj. Mi
madre me prepara una buena cena y aunque siempre le digo que no, cada vez que
voy me ofrece una cama para quedarme a dormir. Mi amigo Patricio y Ana,
su mujer, también me ofrecen una habitación cuando voy a verlos, pero saben que
tengo la manía de dormir en mi cama o en un hotel y no en casa de nadie aunque
me traten tan bien como si fuera la mía.
Pero creo que estoy de
vacaciones, decía más arriba. Quizá debería ser un poco más tajante. Siempre
escucho la radio en el coche. Noticias, entrevistas, cualquier programa que me
distraiga. Apenas música. Nunca he sido demasiado melómano, pero esta
semana ya me he descubierto conduciendo un buen rato por la noche regresando de
alguna escapada y canturreando canciones al volante como si otra vez tuviera
dieciocho años y me acabara de sacar el carné. Paro el coche en una cuneta y
busco una carpeta repletas de cedés en la guantera.
Mis gustos son de lo más
variado, anárquicos: paso de Sting a Areta Franklin, a Solomon Burke, a
Springsteen, a Sabina, a Serrat, a Fito & Fitipaldis, a Dylan, a Sam Cooke
y su Wonderful world que enseguida me trae a le memoria esa deliciosa
escena de Harrison Ford y Kelly McGillis en Único testigo, y la marcha
aburrida por la autovía se convierte en un festival improvisado de recuerdos.
¿Lo has pasado bien?, me pregunta, al final de la noche. El bar atestado. Una pareja amable nos ha cedido un hueco en la barra. Sólo quería ofrecer la entrada a quien de verdad pudiera disfrutarlo. Tres horas antes, en el taxi, se parte de la risa cuando le digo, medio en broma, o no tanto, que mi último concierto fue el de Spandau Ballet en Sevilla, en 1987. No pensaba ir al de Joaquín Sabina, pero ella fue el martes y tenía otras dos entradas para hoy. Me cuenta que hará todo lo posible por ir también al del sábado. Me admira su voluntad de pasarlo bien, de disfrutar. Me admiran sus ganas de vivir. Sobre todo, confiesa, me va gustar el concierto de hoy porque espero que te guste mucho a ti. Pero no quiero que se sienta como la anfitriona de una fiesta, preocupada porque sus invitados lo pasen bien antes que por disfrutar ella misma. Cruzamos la Puerta del Príncipe, la misma por la que salen a hombros los toreros, y ya tengo los vellos de punta. Nos equivocamos de asiento y para ver l...
Se les ha hecho largo el fin de semana porque he estado cuarenta y ocho horas desaparecido. No fue nada del otro mundo, pero lo bastante para estar ocupado. Me llamó un buen amigo y estuvimos charlando un rato; una amiga muy querida me escribió para interesarse por mis huesos tras la caída en las piedras del teatro de Mérida. La tranquilicé, no pasa nada. Hasta tus caídas son literarias, replicó, la muy guasona. También vino alguien que me aprecia a pasar la tarde y estuvimos practicando yoga y hablando y cenando y riendo mucho. Y me llamó otro buen amigo mientras iba (él) camino de la radio. Y más cosas que me callo, claro. No es mal patrimonio ese, joder, los amigos. Por la noche voy antes de que sea tarde y estén dormidos. Hablo con ella un rato, de muchas cosas. Ya está acostada. Se encuentra mucho mejor, pero no tanto como le gustaría, como nos gustaría a todos. Trato de animarla, pero en el fondo es ella quien, con esa forma tan astuta que tiene de hacer las cosas...
Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez... Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedi...
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