Obsolescencia programada
En un rincón de un armario de la casa de mis padres he
encontrado un viejo ventilador. Pequeñajo, chato, aspas azules, protector
metálico un poco oxidado, botón redondo, una de las esquinas de la base
desportillada por el paso del tiempo o un accidente y un cable terminado en un
enchufe tan antiguo que lo primero que pienso es que, si logro encajarlo en
alguna parte, se fundirán los plomos de la urbanización. Recuerdo perfectamente
este trasto, hace más de treinta años, cuando los aparatos de aire
acondicionado se antojaban un lujo raro y, si los había, eran unos armatostes
empotrados en la pared por un albañil. Mi madre me cuenta que ese ventilador es
aún más viejo de lo que pienso, que probablemente ya era de la familia antes de
que yo naciera. Hasta donde yo puedo recordar este chisme fue un alivio del calor
de muchas tardes de verano. No soy dado a la nostalgia, pero no he podido evitar
encender el viejo ventilador. Si es cierto eso que dicen de la obsolescencia programada,
el ventilador no funcionará. Pero lo enchufo, giro el interruptor y no ha habido
un cortocircuito, y después de titubear un poco las aspas han empezado a girar,
como si no hubiera pasado el tiempo. Lo tengo ahora encendido, mientras escribo
esta entrada. Es el mismo ruido constante y perezoso de cuando era un crío. El sonido
exacto de las tardes de verano, cuando no había internet ni vídeos, sólo dos cadenas
de televisión y a ciertas horas del día lo único que podías hacer era devorar tebeos
o novelas.
©
Andrés Pérez Domínguez, julio de 2013

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