Sala de espera


Con la celeridad que habitualmente me tomo estas cosas, ayer renové el pasaporte. Sólo llevaba diez meses caducado, una muestra palpable de que, como casi todos los que no tenemos cuentas en Suiza, cada vez soy un poco más pobre y viajo menos, o que si quisiera hacer cola en alguna frontera bastaría con acercarme a Gibraltar, que no me pilla tan lejos. Como la previsión para los asuntos administrativos tampoco es lo mío, hasta un rato antes no voy a hacerme las fotos para el documento. No sé cuántas tengo que llevar y no me queda otra que confiar en el fotógrafo. Él sabrá. Es lector de mis libros, y antes de marcharme de su negocio me pregunta cómo va el mío, y le respondo lo único que se me ocurre cuando no tengo muy claro lo que mi interlocutor espera que responda: no me puedo quejar. Un escritor nunca sabe cómo van las ventas de sus libros, y cuando lo sabe más le vale hacer un ejercicio de buena voluntad y seguir trabajando si, como decía el maestro Asimov en sus memorias, es tan estúpido como para no dedicarse a otra cosa. Los libros viven la misma crisis que todos los sectores, le explico, y antes de que salga el tema de la piratería le cuento que, en mi opinión, aparte de la falta de dinero en el bolsillo de los lectores, lo que más daño está haciendo a la lectura son las redes sociales. Lo quieras o no, estás todo el día mirando el móvil y contestando mensajes.
Suelo compensar la dejadez para las tareas burocráticas con una puntualidad obsesiva que, por mucho que me empeñe en lo contrario, no me permite estar en una cita sino un buen rato antes. A la comisaría llego con treinta minutos de antelación y, como a muchos ciudadanos que nunca los han detenido, tengo que esforzarme para no sentarme demasiado tieso cuando veo a unos cuantos tipos serios vestidos de uniforme: seguro que aunque no haya hecho nada ellos encuentran un motivo para detenerme, igual que en los controles de los aeropuertos pienso que me van a registrar la maleta hasta encontrar algo ilegal que estaba ahí escondido sin yo saberlo. Es la contrapartida de estar todo el tiempo imaginando historias.

Veintiocho personas esperando a que nos llamen para tomarnos las huellas y darnos el documento. Me entretengo en contarlas. De ellas, dieciséis están manipulando la pantalla del móvil. Por fortuna no todos tienen activado el sonido del whatsapp. De las otras once, al menos la mitad mira el móvil de su acompañante, y los que quedan, aparte de mí, son niños demasiados pequeños para tener su propio teléfono. No hay una sola persona con un periódico. Y mucho menos con un libro. Una muestra perfectamente concentrada de lo que hay ahí afuera. Ni siquiera yo, aunque por el camino a la comisaria me he quedado parado un momento en el escaparate de un par de librerías, he traído nada para leer durante la espera. Pienso que está todo perdido y que, como le contaba al fotógrafo, las redes sociales están acabando con la lectura, pero cuando dicen mi nombre por el altavoz llega una mujer de mediana edad y antes de sentarse saca del bolso la edición de bolsillo de una novela de Benjamin Black.
Quién sabe. Lo mismo todavía hay futuro y la próxima sala de espera que visite no será la de la Oficina de empleo.

         © Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2013







Comentarios

  1. Me encantan tus artículos del blog. Además de buen escritor, eres un observador inteligente. Saludos y confiemos en que las redes sociales no impidan que se siga leyendo el tradicional libro de papel. Yo me niego a comprarme un lector electrónico. Soy una romántica de la lectura. Más saludos

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  2. Bueno yo nunca llevo el libro cuando voy al medico ,ni el metro ni autobús (si lo hiciera me pasaría de parada) el libro electrónico no me gusta .y no creo que el papel desaparezca .Estuve en Madrid fui en tren, ,autobús ,y en metro y que curioso las personas que iban leyendo lo hacían en libro de papel (y eran gente joven ).Saludos

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  3. Muchas gracias, M. Jiménez.
    Igualmente, Rosa Mary.
    Abrazos a las dos,

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  4. Yo quiero pensar que no es así, habrá otros motivos por los que no se lea, pero no por estar en las redes, es que no es comparable, no? Bueno, y lo de que estaba todo el mundo con el móvil...Es verdad que es la tendencia, pero también es cierto que algunos somos muy mijitas con el sitio donde leemos. Un abrazo fuerte!

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