Escritores pobres, pobres escritores
Al relacionarme con amigos norteamericanos siempre me ha sorprendido la
naturalidad con la que se habla de dinero. En una sociedad en la que se tiene
asumido sin complejos el éxito como una meta importante en la vida no resulta
extraño que alguien te cuente, y no necesariamente con petulancia, lo que le ha
costado su casa o el dinero que ha ganado su hijo ese año, que además esta
enfadado, te lo explica con una sonrisa, porque ha de pagar impuestos, o te
pregunte abiertamente el dinero que ganas en tu oficio. En España es diferente,
probablemente porque este país tiene una mayor e inevitable tendencia a la
envidia y a la mala leche y hemos mamado eso de no hacernos notar, o será porque
aún nos quedan ecos de siglos de Inquisición ―ya sabéis: con la Inquisición,
chitón― o de la dictadura, y a todos nos enseñaron desde pequeñitos que, de
política y de dinero, cuanto menos se hable mucho mejor.
Puede que por eso jamás he preguntado a un amigo, por mucha confianza que
tenga con él, cuánto dinero gana. Tan interiorizada tengo esa costumbre que soy
incapaz de interesarme por el dinero que gana alguien, por muy amigo que sea,
sin pensar que estoy faltándole al respeto. Pero no sólo me pasa a mí, sino a mucha
gente. Seguro que si estás leyendo este texto piensas que también te da pudor
preguntar a alguien por sus ingresos.
Por alguna razón, con los escritores es diferente. No es raro que
alguien, aunque lo acabes de conocer, termine preguntándote si de verdad puedes
vivir de inventar historias, cuánto dinero ganas o cuántos ejemplares has
vendido de tu última novela, lo que viene a ser una forma más o menos burda de
preguntarte cuánta pasta te has embolsado en el último ejercicio. Quién sabe: a
lo mejor es porque ganar dinero, pagar hipotecas, la letra del coche o llenar
sin estrecheces el carrito del supermercado está bien visto en cualquier otra
profesión salvo en la de la escritura, donde para terminar de ser aceptado o caer bien a los demás resulta necesario llevar una vida bohemia, vestir de una
determinada forma, la que se espera que un artista, o caminar peligrosamente al
borde de la ruina pidiendo limosna en forma de colaboraciones humillantes o
trabajos mal pagados. Para muchos resulta muy raro y muy incómodo si no cumples los tópicos que esperan de ti.
©
Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2013

Comentarios