Gravity
Me siento a ver Gravity sin estar muy seguro
de lo que me voy a encontrar. La otra opción es Prisioneros, pero aunque
también me apetece ver la de Hugh Jackman al final se impone esa lógica que
habla de que quienes entran en una sala de cine están más
predispuestos a ver un espectáculo. Muy probablemente veré Prisioneros,
pero no sé si en el cine o cuando la estrenen en Canal +, y ahora que caigo no
sé por qué he mencionado eso del espectáculo, ya que también quiero ver la
última de Daniel Sánchez Arévalo y no quiero perderme la de David Trueba cuando
la estrenen. Quizá sea más sencillo y sólo se trate de lo que te apetezca en cada
momento. Ayer me apetecía Gravity. Eso es todo.
Yo creo que Gravity es de esas películas que a
mucha gente fascinará pero también a otra mucha la dejará indiferente o
decepcionará. Yo soy de los que se van a situar en un término medio.
Bueno, sí, pero un poco escorado hacia el grupo de los primeros, porque merece
la pena ver Gravity, y merece la pena verla sentado en la sala oscura de
un cine delante de una pantalla enorme y meterte en el traje de esos astronautas
que dan vueltas alocadamente entre chatarra espacial que se desplaza a miles de
kilómetros por hora.
Esta mañana escucho a un astrofísico en la radio
contar que hay unas cuantas cosas imposibles en la película, como que las
estaciones espaciales se encuentren en la misma órbita o sea tan sencillo
desplazarse de una a otra como en una excursión. En realidad, eso no importa
demasiado: que algo sea imposible no significa que no pueda funcionar dentro de
una historia. Quizá uno es demasiado exigente consigo mismo cuando se sienta a
escribir una novela y con tal de no faltar a la verdad se pasa meses buceando
entre libros o preguntando a gente que sabe mucho sobre el tema que sea. En Gravity
hay unas cuantas cosas imposibles, vale, pero es un espectáculo magnífico
trufado de lirismo y de emoción que animo a disfrutar, insisto, en la butaca de
un cine y en pantalla grande.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2013

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