La clave Pinner, décimo aniversario
Hace diez años, en
septiembre, estaba muy atareado. Llevaba cerca de una década escribiendo y aún
no me habían dado el bautismo comercial. Para mí era importante. Aunque tenía
una columna semanal en un periódico, colaboraba regularmente
en Onda Cero y gracias a los premios literarios que tuve la suerte de ganar
conseguía mantenerme razonablemente con lo que escribía, sentía una poderosa
curiosidad por ver cuál sería la reacción de los lectores ―los que merodean por
las mesas de las novedades― al tener un libro con mi nombre
impreso en la cubierta. Ya había publicado unos cuantos que fueron leídos y
cosecharon reseñas elogiosas (Ojos tristes, Duarte, Estado
provisional, Los mejores años, y algún otro: mis lectores más antiguos
los conocen), pero no me valía. Yo quería comprobar si mi trabajo pasaría
alguna vez el filtro de una editorial comercial y si al contar con una
distribución adecuada encontraría su camino. En junio de 2001 había puesto
punto final a una novela que sucedía casi toda en Sevilla (con algunos
capítulos en Londres, Praga, Huelva o Gibraltar) durante la primavera de 1943. No sabía
muy bien qué hacer con ella. La mandé a varios premios literarios de relumbrón
y tres veces me llegó una carta avisándome de su condición de finalista, pero
no consiguió ganar ninguno. Nunca supe cómo se enteró de la existencia de mi
novela, pero un agente literario me escribió para ofrecerme la publicación en
una editorial que no me sonaba. Había un contrato y un adelanto generoso, pero no me
convencía: yo prefería que me pagasen menos y que la promoción fuera digna.
Me había costado mucho escribir la novela y quería conseguir lo mejor para
ella. No hay prisa, me dije. Una tarde de
diciembre de 2002, con las Navidades a la vuelta de la esquina, Antonia Kerrigan, la superagente
literaria, se puso en contacto conmigo.
Yo le había mandado la novela unas
pocas semanas antes, como quien lanza una piedra al aire sin tener mucha
esperanza de acertar en el blanco. Se ofreció a representarme y acepté
encantado. Pero las cosas no fueron tan fáciles, y era frustrante, porque todos
los editores a los que mi agente mandaba la novela le ponían algún pero. Al
cabo, se trataba de una historia de amor y de amistad ―como casi todos mis
libros― con un fondo de espionaje en Sevilla durante la Segunda Guerra Mundial
―algo insólito, creo― y escrita por un autor desconocido. Era demasiado arriesgado. Pero en 2004 apareció una nueva editorial, Roca, y Antonia Kerrigan me
convenció de que publicar la novela con ellos podría ser una buena oportunidad.
La contrataron en febrero y se publicó en septiembre. Pero los días previos a
su publicación, hace justo diez años, sentía la responsabilidad en mi espalda
como una losa que no me dejaba andar: una editorial había apostado por mí,
habíamos firmado un contrato y ya había cobrado un adelanto. Era como el anfitrión de una fiesta que se desvive por complacer a sus invitados. Lo
mínimo que podía hacer era sudar la camiseta ―mis amigos periodistas saben que
no doy una bola por perdida― y cruzar los dedos para que todo saliera bien. Y
todo salió bien.
Mucho mejor de lo que esperaba: enseguida se tuvo que imprimir
la segunda edición, y era fantástico, porque a los lectores les gustaba. Se
habló de una adaptación al cine que nunca cuajó y de una publicación
norteamericana que no se concretó ―algo que también ha pasado con otros libros
míos, pero no pierdo la esperanza―. Viajé por toda España durante la promoción,
y la presenté en Sevilla ―mi querido Cristóbal Cervantes hizo de maestro de
ceremonias, y un día antes, mi no menos querido José María Merino en Madrid―, con mi familia y unos cuantos buenos amigos entre el público, en la azotea abarrotada de la Casa del Libro. Les pedí a mis padres que no se sentasen en primera fila, para no emocionarme. Hace ya veinte años, cuando
empecé a escribir, decía que me conformaba con publicar en una editorial
comercial y poder ofrecer a los míos un momento como ése. Sigo pensando lo
mismo, conque todo lo que me ha sucedido desde septiembre de 2004 ha sido un
regalo. Y no me puedo quejar: diez años después La clave Pinner sigue sumando lectores y yo aún sigo
escribiendo y publicando. Han venido ―y vendrán― otros libros, pero para mí nunca serán lo
mismo que La clave Pinner. No saben los lectores que se acercan a una
firma con un viejo ejemplar de esta novela cuánto me alegran el día.
Ahora ando
reescribiendo un texto en el que he estado trabajando durante el último año,
pero en cuanto termine pienso ponerme manos a la obra con otra novela que dejé
aparcada. Tengo unas doscientas páginas, y el protagonista vuelve a ser Gordon
Pinner. Para él sólo habrán pasado tres años desde aquella aventura sevillana,
pero para mí son trece después de haber escrito La clave Pinner.
Entonces, Gordon Pinner me sacaba más de una década. Ahora los dos tenemos la
misma edad. Aún tardará en escribirse esta nueva novela, y aún más en
publicarse ―a primeros de 2015 estará en las librerías Los perros siempre
ladran al anochecer, y supongo que esta que estoy puliendo se publicará
antes que la nueva aventura de mi querido Gordon Pinner―, pero no hay prisa.
Nunca hay que tener prisa en este oficio, ya lo he dicho. Ni perder la esperanza.
© Andrés Pérez Domínguez,
septiembre de 2014
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