Piropos
Nunca he sido un piropeador. Mejor
dicho: nunca he piropeado a una mujer a la que no conozca. Ya saben, lo típico,
ir por la calle y decirle lo guapa que es. Cualquier ocurrencia que rebase lo
mínimo que se despacha en respeto puede resultar ofensiva. Hasta ahí lo
entiendo, y tampoco me importaría partirle la cara a nadie, o que me la
partieran, si hubiera de restablecer el honor a una mujer ofendida en mi
presencia. Pero según Ángeles Carmona ―de quien hasta ayer no había
tenido noticias―, presidenta del Observatorio de la Violencia Doméstica y de
Género ―organismo que también desconocía, lo admito, y que presumo necesario
para cosas más importantes que calibrar cuánto pitan los oídos de las mujeres
al escuchar ciertos piropos―, aunque el piropo sea bonito, bueno o
agradable, se trata de una auténtica invasión que hay que erradicar.
No sé si Ángeles
Carmona -que, por cierto, después de ver sus fotos me parece una mujer atractiva- se ha quedado tan ancha después de decirlo o luego ha reflexionado
y cambiado de marcha, como aquel personaje de un cuento de Jorge Valdano
al que llamaban el embrague precisamente porque primero metía la pata y luego
cambiaba de marcha. Da lo mismo. Detrás de su petición absurda se
embosca una corriente aún más absurda que, a poco que nos descuidemos, acabará
volviéndonos tontos, si es que no tiene remedio ya. El año pasado
circulaba por las redes sociales el esclarecedor (esclarecedor en cuanto
a estupidez) vídeo de un concejal que pedía el cambio del nombre de una
avenida (de los Descubrimientos, creo recordar) porque disculpaba el
genocidio cometido por los conquistadores españoles en América. Cada vez
que escucho a un político alargando las frases hasta el ridículo para
incluir el femenino con tal de no parecer machista ―Pedro
Sánchez, sin ir más lejos, con su insoportable latiguillo “compañeros y
compañeras”― me pregunto si no nos estamos volviendo idiotas. De verdad.
O si, hablando en plata ―y antes o después alguien recomendará dejar de
usar esa frase por ofensiva―, no nos la cogemos demasiadas veces con papel de
fumar.
© Andrés Pérez Domínguez, enero
de 2015

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