Fragilidad
Llevas tiempo queriendo
escribir algo sobre la fragilidad, la tuya, la de cualquiera. Lo quebradiza que
se revela la vida cuando menos te lo esperas. Algo tan banal en lo que nunca
habías reparado hasta que alguien te lo revela desde el otro lado de la mesa -con
suficiencia o con cercanía sincera o quién sabe si impostada- se convierte en
una sombra siniestra a la que soplas y das manotazos sin poder ahuyentar. Miras
para otro lado y te lo callas, pasan los días, pero aunque no te acostumbras a la
incertidumbre finges que todo puede seguir igual. Pronto te afecta una
fragilidad desconocida que no es física, ojalá lo fuera, sino una broma de mal
gusto, la prueba de que, a la hora de la verdad, nada importan tus planes o tus
deseos. Al cabo, poco mandas en el futuro por muy fuerte que agarres el timón. Y
un día, cuando crees haber alejado a los fantasmas, te descubres corriendo
por el pasillo de un hospital para que alguien venga a socorrer a una persona
muy querida. Los males propios han dejado de importar, si es que importaron alguna vez, incluso te avergüenza tardíamente la preocupación innecesaria. Fragilidad otra vez,
para que no se te olvide y, además, ahora va en serio, como la vida en aquellos
versos de Gil de Biedma. Horas de espera en soledad, para que lo tengas
presente. Y esa sombra, que aunque hoy se ha marchado, quizá sólo venía a avisar, antes
o después volverá y se reirá de ti cuando trates de espantarla.
Todo pendiente de un hilo, tan precario, esa puta espada de Damocles que ya sabes
que siempre estará ahí, justo encima de tu cabeza.
© Andrés Pérez
Domínguez, octubre de 2018

Comentarios